Cinco horas con María

Si muero,
dejad el balcón abierto.

Federico García Lorca

¿Quién nos iba a decir que íbamos a acabar así tú y yo, María?

Ya se han ido todos, aunque mañana vendrán a primera hora a tu entierro, antes de volver a sus rutinas en la gran ciudad. He mirado el tiempo y casi seguro que lloverá. Ironías de la vida, con lo que te gustaba a ti cerrar los ojos ante la lluvia e irte calando poco a poco, como agua en la campiña, extendiendo las palmas de las manos.

Sabes, me llama la atención la diferencia entre los velatorios de ahora y los de antes. ¿Te acuerdas de cómo eran en el valle? No faltaba chocolate, bizcochos ni tortas. Y mira ahora, no han traído más que prisas y mal humor. Eran otros tiempos, y después venían lutos de hasta dos años, pasando del riguroso al aliviado y permitiéndose algún cuello blanco. Luego el medioluto, con las medias color torcaza y telas con motivos en blanco sobre negro.

¿Y qué me dices de Eva? Decían de ella que era la mejor plañidera. Cincuenta pesetas llegaron a pagarle una vez que lo bordó, cuando tu tía Encarni. A ti siempre te gustó jugar con las palabras, y mientras mirabas a esa pléyade de mujeres junto al féretro, me guiñaste un ojo y me dijiste que preferías la constelación de idéntico nombre. En aquel  momento mi recuerdo voló dos meses atrás,  al final de aquel verano, cuando pasamos varios días en Gredos durmiendo al raso, con ese mar de estrellas que nos salpicaba a cada golpe de viento.

¿Y aquella otra mañana, cerca de la Laguna Grande? Me tomaste de las manos y me vendaste los ojos con un pañuelo blanco. Empezamos a girar mientras sentía cambiar la intensidad de la luz incidiendo en mi retina. Yo recuerdo ese día como vivido dentro de otra piel, desdoblado[1]. Desde entonces, yo sólo quería que me llevaras a bailar. Y en ese momento era feliz, pero no lo aceptaba. La felicidad termina en el momento en que empieza a manifestarse [2] , te decía, viendo cómo se me escapaban entre los dedos aquellos instantes fugaces.

Tú no estabas de acuerdo con mis argumentos y al final discutíamos. Siempre acababa pidiéndote perdón y añadiendo que no puedes aspirar a cambiar a las personas adultas. Si acaso, a que no lo hagan a peor. Y tú contestabas: Los hombres se hacen; las montañas están hechas ya.[3]

Por entonces vivías en Guisando, en un valle mágico arropado por la montaña. Yo llegaba en un autobús de línea hasta Arenas de San Pedro y andaba dos horas para verte, remontando el río Pelayos. Tu pueblo parecía flotar en lo alto, con las nubes echándole el aliento. Pero era yo el que flotaba cuando salías a buscarme y a contarme lo que habías hecho en las semanas que no nos habíamos visto. Me moría de envidia oyéndote hablar de tu vida en el campo. Sabías trabajar con maestría las huertas, te defendías con la pesca y no te temblaba el pulso los días que tu padre te pedía que le acompañaras a cazar. Andábamos entre castaños y yo, viendo tu interés por todo lo que escondía aquel bosque, me sentía un príncipe destronado.

Te despedías con un largo abrazo, y la sonrisa en el rostro me duraba hasta que regresaba a Madrid y escuchaba de nuevo el piar de los semáforos. Entonces se me caía el mundo encima y te escribía cartas, muchas de las cuales nunca llegué a echar al buzón. Un día mi compañero de piso me pidió que te definiera. Una mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir [4], le dije.

¿Qué pasó después? Hay cosas que la voluntad humana no es capaz de controlar [5]. Digamos que no fui capaz de llevar el peso de los días que vinieron a continuación. La vida era una sala de espera[6] y no supe aguardar mi turno.

En fin María, morir no es malo para el que muere [7], es peor para los que se quedan. Siempre pensé que me sobrevivirías muchos años y aquí estoy. Me vienen flashes del último día que nos vimos y de aquellos besos con urgencia la madrugada de un catorce de septiembre. Han pasado treinta y cinco años, media vida, y no quería irme sin compartir contigo estas reflexiones. Perdona, siento haberte fallado. Y ahora sí, creo que con que esto yo ya estoy. Mira, estás de suerte, parece que va a llover.


[1] Señora de rojo sobre fondo gris. Miguel Delibes.

[2] Señora de rojo sobre fondo gris. Miguel Delibes.

[3] El camino. Miguel Delibes.

[4] Señora de rojo sobre fondo gris. Miguel Delibes.

[5] El camino. Miguel Delibes.

[6] La hoja roja. Miguel Delibes.

[7] La sombra del ciprés es alargada. Miguel Delibes.

#historiasrurales

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