Ciencia aflicción

Me llaman nostálgico por añorar las relaciones que tuve hace menos de mil años. Hoy en día, la inteligencia artificial y el metaverso se las ingenian para que nadie esté solo.

He tenido parejas de todas las edades, razas, sexos, especies, épocas y religiones.

He aprendido idiomas y costumbres sin más que conectar la toma USB que sustituyó al hipotálamo tras la penúltima evolución.

He orientado bancos de paseos marítimos y rellenado o vaciado la luna a voluntad.

He modulado el sonido de las gaviotas y la intensidad con que devuelven el golpe las olas.

He ralentizado puestas de sol y amplificado el olor de las primeras gotas de lluvia.

Incluso he conseguido cortocircuitar los motores de lo que antes se llamaba aparato digestivo.

Y aun así, sigo echando de menos sentir mariposas en el estómago.

Concurso de relatos de ciencia ficción #Historiasdelfuturo

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EL dedo tembloroso

Querido Javier;

No he leído ni uno solo de tus libros por lo que entendería que esta carta fuera directa a la papelera.

Pero antes de tomar una decisión, déjame decirte que devoraba con fruición tus artículos dominicales. Siempre me sorprendió esa inteligencia para hablar de Madrid, aunque en ocasiones no entendiera que prodigaras un madridismo tantas veces acérrimo o que te enfangaras en política, pero también es digno de admirar aquel que va a lo suyo sin importarle levantar ampollas.

¿Sabes una cosa? A raíz de tu fallecimiento he profundizado en tu obra y tengo que decirte que he conseguido ya varios de tus libros y los he apilado en forma de trinchera. En cuanto pueda, me parapetaré detrás a leerlos, pues seguro que me engancharán tanto que tendré que hacerlo de manera compulsiva.

He leído entrevistas tuyas en las que afirmabas que cada vez que empiezas una nueva novela te asaltan las dudas y las inseguridades. Yo, que a duras penas junto dos o tres horas semanales para escribir, no he podido evitar una sonrisa.

He hojeado parte de tu obra. En “Así empieza lo malo” te encontré afirmando que a la vida de las personas siempre llegamos tarde. Brutal. Leí un tramo atrás y otro adelante, intentando ubicar el contexto. Da igual, que cada uno lo interprete a su manera. Tengo claro que llego tarde a tu vida y por descontado a tu obra, y que haber leído tus libros me hubiera permitido sacar más jugo a tus textos semanales.

Pero el éxtasis llegó al caer en mis manos el tercer tomo de “Tu rostro mañana” y toparme con tu magistral descripción del funcionamiento de la nostalgia y la memoria. Citas sin nombrar a tu querido Juan Benet, con aquello de que la memoria es un dedo tembloroso. Y añades, de tu cosecha, que no siempre atina a señalarnos. Después desgranas con precisión cirujana el proceso de olvido de las personas que un día amamos. ¿Cómo separar ese aroma a pasado de la memoria afectiva que nos persigue a los melancólicos? Espero aprenderlo detrás de la trinchera.

Que la tierra te sea leve, Javier. Y que Dios salve al rey de Redonda.

#JavierMarías

PASAPALABRA

-Contiene la X, enfermedad infecciosa de origen vírico que afecta a los conejos y a la liebre ibérica, caracterizada por provocar tumefacciones en la piel y en las membranas mucosas.

-Mixomatosis.

-Empieza por Y, mamífero équido, hembra.

-Yegua.

-Empieza por Z, nombre de su mascota favorita.

-Pasapalabra.

Me quito los cascos y pulso la tecla de pausa en el reproductor. Zipi y Zape ronronean en el cálido suelo radiante del chalet que pude comprar las navidades pasadas, tras ganar el mayor bote de la historia del concurso en su especial dedicado a los animales. Tres millones de euros, de los que hacienda se llevó la mitad.

Cada poco tiempo me gusta volver a ver el vídeo del programa. Pero siempre evito que los gatos lo escuchen. Son muy sensibles.

Doy al play de nuevo.

-Nos quedan cinco segundos y una palabra para el bote. Te repito rápidamente el enunciado. Empieza por Z, nombre de tu mascota favorita.

-Zoco.

-¡Sííí!

Paro el vídeo de nuevo. Con los ojos llorosos, observo encima del mueble de la televisión la vitrina con las cenizas de Zoco. Ya dije que sus hermanos eran muy sensibles. Y envidiosos.

#historiasdeanimales

Para este viaje necesitaba alforjas

Nada más acabar la universidad decidí hacer el camino de Santiago en bici.

El último curso tenía sólo dos asignaturas, el proyecto fin de carrera y unas prácticas en empresa. Y a una novia muy absorbente que me hacía fichar todos los días. Me propuso que fuera con ella todos los días a la biblioteca hasta que acabara sus exámenes, dos semanas más tarde. Apoyo logístico, lo llamaba. Yo, que soy un caballero, voy a omitir las fisuras que encontré en ese plan.

El caso es que acabé comprando unas alforjas y preparando el viaje. El peregrino debe serlo desde su lugar de origen, pero salir de Madrid me daba respeto y miedo, así es que decidí fumarme el tramo hasta Cercedilla, cogiendo para ello un Cercanías.

El tren pasaba a todas las horas y diez minutos. Salí de casa a las 8:30, para recorrer los escasos 3 kilómetros que me separaban de la estación. Debían ser suficientes entre diez y doce minutos para llegar, pero pasadas las once de la mañana seguía por el barrio. Se me habían caído las alforjas dos veces, había parado en una ferretería a comprar abrazaderas porque aquello se movía más que un barco con temporal y, tras atender tres llamadas de teléfono de mi novia para que reconsiderara mi inminente viaje, había decidido volver a casa a dejar el móvil y cambiar la ruta por si le daba por ir a buscarme. Al rato, me subí en un autobús hasta Pamplona para empezar desde allí.

El camino de Santiago resultó ser un perfecto ejercicio mental y, en esas fechas, lo más parecido a una romería. Hablé con mucha gente, de distintas procedencias. Cuando llegaba la hora de comer, siempre intentaba unirme a algunos ciclistas y parar con ellos. Si no era así, siempre alguien te hacía hueco en su mesa y la charla estaba asegurada.

Lo peor de ir en bici es que tienen prioridad los que van a pie en todos los albergues, y no siempre es fácil encontrar donde dormir. De Logroño a Burgos, podía subir el puerto de la Pedraja, con varios albergues, o bien ir por una pista paralela que no salvaba tanto desnivel, con un único alojamiento en San Juan de Ortega. Me la jugué y opté por esto último. Salió cara y me dieron la última plaza. Tras una rápida ducha, tenía media hora para cenar algo en un pequeño bar que había al lado.

Entré en la cafetería. Una mesa corrida con capacidad para 8 personas, con un hueco a la izquierda.

—Buenas. ¿Puedo sentarme?

—Claro —contestó el chico que estaba al lado—, sin problema.

—Gracias, ¿qué se come por aquí? —pregunté a ver si me aconsejaban.

—A esta hora sólo puedo hacerte un bocadillo —afirmó la camarera desde la barra.

—Perfecto, ¿lomo con queso puede ser? Y una cerveza, por favor.

—Enseguida.

En lo que duró este breve diálogo, cinco de las personas que estaban en la mesa se habían levantado y sólo quedaba una mujer, unos diez años mayor que yo, en el otro extremo de la mesa.

La verdad es que no me había quitado ojo desde que había entrado. Yo sexto sentido no tengo, pero tonto no soy.

—Hola —sonreí tímidamente, me llamo Sergio.

—Encantada —replicó —. Soy Chantalle.

—Hablas un perfecto castellano para ser francesa, tienes algo de acento.

—Sí, de París.

En ese momento algo dentro de mí hizo “click”. Por circunstancias que no viene al caso contar ahora, yo había estado ya seis veces en París, y, tras algunas preguntas banales que nos fueron acercando poco a poco, nuestro diálogo se centró en escrutar los mejores rincones de su ciudad.

—¿Qué es para ti lo más bonito de París? —sondeó ella.

—Espero la conozcas—dije preparando el órdago—. La librería Shakespeare & Company.

—¿La de Antes del atardecer, la segunda película de la trilogía?

—La misma —concedí yo.

En estas, la mujer que regentaba el bar, que también gestionaba el albergue, se acercó.

—Perdón, tengo que cerrar ya el bar y el albergue.

Se hizo un espeso silencio.

—Si han traído saco de dormir pueden descansar fuera, no va a hacer mala noche.

En ese momento nos miramos de esa forma en la que se detiene el tiempo. Yo trataba en vano de recordar cómo acababa la película “Antes de que amanezca”.

La mesera, con los brazos en jarras, arqueó las cejas.

Miré a Chantalle. La trilogía, antes de que amanezca… Hacía una noche de escándalo, y a mí, súbitamente, se me había pasado el cansancio acumulado de tantos kilómetros en bici.

—Creo que dormiré dentro, en cuanto vuelva a París empiezo la temporada de conciertos y no me gustaría que un resfriado lo echara todo a perder. ¿Tú qué harás Sergio?

—Sí, iré dentro también.

Pagamos y nos metimos al albergue. Ella había dejado sus cosas en el extremo opuesto al mío. Habían apagado ya las luces y a duras penas llegué al baño para lavarme los dientes.

Me tumbé en aquel camastro, tratando de ser honesto conmigo mismo. Estaba claro que con mi novia las cosas no iban bien, pero tampoco se merecía que la traicionara de aquella manera.

Haz las cosas bien, déjalo con ella cuando vuelvas y entonces plantéate otras historias.

Estaba claro que Chantalle no era más que una señal. Pero, ¡menuda señal! ¿Era cantante?, ¿tocaba algún instrumento?, ¿quizás fuera la manager de algún grupo?

Por un momento me la imaginé cantando el Voyage, Voyage, levantando el puño con el micrófono en la mano en vez de la bandera de Francia, como la libertad guiando al pueblo que pintó Delacroix, con los pechos al aire y…

Para, para, ¡no sigas por ahí!

A las cuatro de la mañana el primer peregrino se puso en pie. Me levanté raudo, con los ojos como platos.

Y aquí me quedo, que sólo tengo mil palabras. Y tres hijos, de nacionalidad francesa.

#HistoriasdelCamino

La tregua

Habían dinamitado todos los puentes y quemado sus naves. Sólo quedaba la inevitable guerra de guerrillas. Los civiles armados se parapetaban en los múltiples escondrijos que Kiev ofrecía a sus habitantes.

Tras la última emboscada lograron que los rusos se dispersaran. Uno de ellos, Sergei, estaba malherido y se refugió dentro de aquella tienda que días antes sus compatriotas habían saqueado.

No se dio cuenta, pero detrás de él Andriy vigilaba sus pasos. Sergey cojeaba, y no vio venir el puñetazo que le tumbó.

Despertó horas más tarde, en la misma tienda, cubierto de mantas y bajo la luz tenue de una linterna y la atenta mirada de su agresor.

Ninguno hablaba el idioma del otro, pero las raíces eslavas hicieron que lograran entenderse. Andriy le ayudó a curar sus heridas.

Amaneció temprano el día siguiente. Sonrieron al comprobar que ambos tenían los mismos ojos azules.

Soltaron sus manos, en una imagen más de lo absurdo de esta guerra que pide paz.

Y entonces se despidieron, no sin antes desearse suerte.

#VocesdeUcrania

Júbilo

Por la jubilación de Don Manuel, el primer y único profesor de informática del colegio, el director habilitó un formulario electrónico al que sólo él tenía acceso. Todos los alumnos, profesores y demás trabajadores del centro podían enviar, de forma anónima, frases y anécdotas que se proyectarían en la pantalla gigante del salón de actos, mientras se le hacía entrega del tradicional reloj con sus iniciales grabadas.

En anteriores ocasiones, había sido un evento muy emotivo, en el que se alternaban abrazos, besos, sonrisas y lágrimas, mientras se recordaban las anécdotas de toda una vida dedicada a la docencia.

Pero, para qué mentir, Don Manuel no era ni de lejos un profesor querido, y tenía una relación fría con el resto de compañeros del claustro. Algunas viejas rencillas se habían ido enquistando y con muchos de ellos ni se hablaba. Por otro lado, hacía muchos años que le costaba conectar mínimamente con sus alumnos.

Así, al escribir las claves del acceso al buzón creado, los mensajes que pudo leer eran de todo menos amables. Algunos ejemplos:

-Un hombre mal vestido que apesta a soledad y perfume barato.

-Un pésimo compañero que jamás hizo un favor a nadie. Aún recuerdo cuando le pedí que se quedara cuidando mi clase para que yo pudiera acercarme al hospital a ver a mi madre, gravemente enferma. “Yo no hago los turnos”, contestó.

-Una persona muy desagradable incapaz de invertir un euro en mejorar su imagen.

-Sus clases son muy útiles…si te teletransportas a 1990 y al Spectrum.

-Todo lo que sé de informática lo he aprendido fuera del aula.

-Nunca sabes si mira a los alumnos con desprecio, asco o lascivia.

-No he visto a nadie más cerdo en un comedor. Y llevo treinta años en hostelería.

Todos los mensajes iban en esa línea, aunque se le dibujó lo más parecido a una sonrisa al leer lo siguiente:

-El peor profesor más de un libro ha leído.

Borró todas las entradas, salvo esta última, e introdujo algunas fotos para dar vidilla al evento que comenzaría en escasos diez minutos.

“A padre le vas a enseñar a hacer hijos”, masculló Don Manuel mientras se dirigía triunfante al salón de actos. Sólo imaginar la cara que pondrían todos al ver algunas de las fotos comprometedoras que había hackeado de sus ordenadores y móviles, ya le provocaba un tremendo júbilo.

#MaestrosInolvidables

LISTA DE DESEOS

La cena de nochevieja en casa de mis suegros promete. Como es tradición, todos escribimos nuestros deseos para el año que va a empezar en unos papeles y una vez doblados los depositamos en una urna que sella y confisca mi suegra hasta el año siguiente.

Y una vuelta alrededor del sol después, cada uno lee los suyos del año anterior antes de tomar las uvas y hacemos balance.

En esta ocasión, empieza mi cuñado.

-Perder diez kilos. A la vista está que lo ha logrado.

-Tener una novia guapa. La nórdica que ha sentado a la mesa apenas chapurrea castellano pero, oye, las cosas como son, es una belleza.

-Que mi hermana deje al tostón de su marido. Uff…Pronto empezamos, esa va directa a mi yugular.

Propone un brindis. Todos levantan las copas, salvo mi mujer que está embarazada. Yo alego que tengo que conducir después. Además, qué demonios, me acaba de humillar.

Turno de mi suegro.

-Que el atleti gane la liga. Mira, se salió con la suya.

-Que mi mujer y todos los míos tengan salud. Ahí no se puede quejar. ¿Entraré yo en el lote de “los suyos”?

-Que mi hijo se eche novia. De momento, lleva un pleno.

-Que mi hija deje al lelo de mi yerno. Joder, cómo empieza esto.

Todos sonríen y proponen un nuevo brindis. Para más inri, lo hacen con la sidra que me encargan que traiga de Asturias todos los años.

Ahora mi suegra.

-Que nos reunamos todos al año siguiente en esta misma mesa junto a la chimenea. Acertaste.

Seguir teniendo destreza en las manos para hacer bolillos. Por los nuevos manteles de la casa, parece que así ha sido.

Que mi hija abandone por fin al atontolinado de mi yerno. Y yo allí, aguantando estoicamente.

Nuevo brindis y risas.

Le toca a mi mujer, pero le interrumpo y le pido que me ceda el turno.

El año pasado sólo escribí un deseo. Lo leo. Tener el valor de inyectar veneno en la sidra que tan amablemente os traigo todos los años.

Arrugo el papel y lo echo a la chimenea. En breve sonarán los cuartos.

#cuentosdeNavidad

RECALCULANDO

Internet está fallando y empiezo a poner en duda que la aplicación realmente esté optimizando el recorrido del reparto. Por esta calle ya pasé media hora antes y estaba igual de atascada.

La gente se vuelve loca en estas fechas, pienso, mientras aparco en el carga y descarga que acaba de quedar libre. Máximo diez minutos. Los municipales están al acecho, dando vueltas.

Me va a tocar sudar otra vez, pero con esta tripa que he echado poco voy a poder correr. Además, con las restricciones de la pandemia, en muchos ascensores no puede subir más de una persona y a veces me toca esperar. ¡Ay ese espíritu navideño! Si no te apiadas de una persona que está trabajando, al menos hazlo con alguien en edad cercana a la jubilación.

Por fin termino de repartir en esa manzana. Miro el reloj, me ha llevado casi quince minutos.

Un policía con una libreta en la mano me pregunta sí el vehículo es mío. Le digo que sí, y que estoy trabajando.

Todos somos iguales ante la ley, sonríe el agente mientras me pide la documentación. Arquea las cejas y balbucea que él sólo está haciendo su trabajo. De todas formas, por mi experiencia de otros años, las multas nunca llegan a Laponia.

#cuentosdeNavidad

TRES

Nikola Tesla lloraba de emoción. No podía haber imaginado mejor escenario que la inauguración de la Exposición Universal de Chicago de 1893.

Se acercó al recinto de la feria andando desde el hotel cercano en el que se alojaba, en una habitación acabada en tres.

El sitio estaba lleno a rebosar, con miles de espectadores en pie esperando la aparición del genio.

En ese momento, el presidente del país, Grover Cleveland, pulsó un botón y cien mil bombillas incandescentes iluminaron el espacio. El público aplaudió a rabiar. Era el triunfo de la corriente alterna sobre la continua.

El presentador de la velada contó la misma historia de siempre. Con tan solo tres años de edad, en su Smiljan natal, Nikola había vivido un episodio que le marcó para siempre. Acariciando el lomo de su gato, el roce de su mano provocó un chispazo. Y Tesla había dedicado el resto de su vida a averiguar el motivo.

Asintió entre lágrimas y contó algunas anécdotas de su incipiente enfrentamiento con Edison en la llamada guerra de las corrientes.

Ya en el cocktail, pegó tres sorbos a la copa que le habían servido y se marchó, para sorpresa de los allí presentes. Dio tres vueltas a la manzana antes de entrar al hotel.

Cincuenta años más tarde, le invade la melancolía mientras se acerca a duras penas al ascensor para subir a su habitación de la última planta del Hotel Manhattan, en la que vive atormentado y rodeado de palomas. Tirados por el suelo hay múltiples escritos en los que deja entrever su obsesión por el número tres.

Con la mano temblorosa, agarra un lápiz y subraya tres veces unas líneas en las que había tratado de explicar los verdaderos motivos de su afición por la electricidad. Sólo intentaba reproducir el calambre que le recorrió la espalda cuando tenía catorce años. Fue el día que Marija le besó tres veces a la salida del colegio.

#HistoriasdelaHistoria