LISTA DE DESEOS

La cena de nochevieja en casa de mis suegros promete. Como es tradición, todos escribimos nuestros deseos para el año que va a empezar en unos papeles y una vez doblados los depositamos en una urna que sella y confisca mi suegra hasta el año siguiente.

Y una vuelta alrededor del sol después, cada uno lee los suyos del año anterior antes de tomar las uvas y hacemos balance.

En esta ocasión, empieza mi cuñado.

-Perder diez kilos. A la vista está que lo ha logrado.

-Tener una novia guapa. La nórdica que ha sentado a la mesa apenas chapurrea castellano pero, oye, las cosas como son, es una belleza.

-Que mi hermana deje al tostón de su marido. Uff…Pronto empezamos, esa va directa a mi yugular.

Propone un brindis. Todos levantan las copas, salvo mi mujer que está embarazada. Yo alego que tengo que conducir después. Además, qué demonios, me acaba de humillar.

Turno de mi suegro.

-Que el atleti gane la liga. Mira, se salió con la suya.

-Que mi mujer y todos los míos tengan salud. Ahí no se puede quejar. ¿Entraré yo en el lote de “los suyos”?

-Que mi hijo se eche novia. De momento, lleva un pleno.

-Que mi hija deje al lelo de mi yerno. Joder, cómo empieza esto.

Todos sonríen y proponen un nuevo brindis. Para más inri, lo hacen con la sidra que me encargan que traiga de Asturias todos los años.

Ahora mi suegra.

-Que nos reunamos todos al año siguiente en esta misma mesa junto a la chimenea. Acertaste.

Seguir teniendo destreza en las manos para hacer bolillos. Por los nuevos manteles de la casa, parece que así ha sido.

Que mi hija abandone por fin al atontolinado de mi yerno. Y yo allí, aguantando estoicamente.

Nuevo brindis y risas.

Le toca a mi mujer, pero le interrumpo y le pido que me ceda el turno.

El año pasado sólo escribí un deseo. Lo leo. Tener el valor de inyectar veneno en la sidra que tan amablemente os traigo todos los años.

Arrugo el papel y lo echo a la chimenea. En breve sonarán los cuartos.

#cuentosdeNavidad

RECALCULANDO

Internet está fallando y empiezo a poner en duda que la aplicación realmente esté optimizando el recorrido del reparto. Por esta calle ya pasé media hora antes y estaba igual de atascada.

La gente se vuelve loca en estas fechas, pienso, mientras aparco en el carga y descarga que acaba de quedar libre. Máximo diez minutos. Los municipales están al acecho, dando vueltas.

Me va a tocar sudar otra vez, pero con esta tripa que he echado poco voy a poder correr. Además, con las restricciones de la pandemia, en muchos ascensores no puede subir más de una persona y a veces me toca esperar. ¡Ay ese espíritu navideño! Si no te apiadas de una persona que está trabajando, al menos hazlo con alguien en edad cercana a la jubilación.

Por fin termino de repartir en esa manzana. Miro el reloj, me ha llevado casi quince minutos.

Un policía con una libreta en la mano me pregunta sí el vehículo es mío. Le digo que sí, y que estoy trabajando.

Todos somos iguales ante la ley, sonríe el agente mientras me pide la documentación. Arquea las cejas y balbucea que él sólo está haciendo su trabajo. De todas formas, por mi experiencia de otros años, las multas nunca llegan a Laponia.

#cuentosdeNavidad

Hombre de fe

FE:

  1. La primera de las virtudes teologales, que nos permite creer, aún sin comprenderlas, las verdades que nos enseña la Iglesia.
  2. Confianza: Tener fe en uno mismo.
  3. Símbolo químico del Hierro.

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Bip, Bip, Bip  

¿Leer mensaje? Sí

Remitente: Alfonso

Texto: Ha llegado la hora de la respuesta para mayo…

Es 1 de enero del 2002, son las 17 horas y me duele la cabeza. Trato a duras penas de recordar a qué hace referencia el mensaje.

Varios meses antes una jarra de cerveza había sido suficiente para entornar mis ojillos después de un duro entrenamiento. Un poco envalentonado, Alfonso sacó de nuevo el tema de hacer un triatlón de distancia Ironman, algo que se podría traducir como “Hombre de Hierro”. Esta particular prueba surgió en 1978 en Hawaii, cuando John Collins propuso combinar las tres pruebas más exigentes que existían en la isla; la Waikiki Roughwater Swim de natación (3,8 km), la Around-Oahu Bike Race de ciclismo (180 km) y el Marathon of Honolulu (42,195 km).

Habíamos aplazado la decisión hasta el uno de enero del siguiente año.

Sin pensarlo mucho, la respuesta es “¡¡SÍ!!” y empezamos a ordenar un poco los entrenamientos y a tomarlo más en serio de cara a la prueba que se va a celebrar en Lanzarote a finales de mayo. De lunes a viernes, ese castigo divino que es el trabajo consume gran parte de nuestro tiempo, pero los fines de semana lo damos todo.

Un Ironman no es una prueba más a la que acudir, se trata de un proyecto que requiere altas dosis de paciencia, sacrificio y tiempo. Pero, por encima de todo, ilusión. Sólo a base de ilusión por ser “finisher” logras saltar de la cama los fines de semana temprano, y hacer de esto un estilo de vida que debe obligarte a cuidar los descansos, las comidas, el material de entrenamiento, etc. Eso sí, para que todo esto cobre sentido, debes compatibilizarlo con tu vida, tu trabajo, pareja, amigos y con tu familia.

Horas y horas de pelearte por un trozo de agua en las tantas veces masificadas piscinas públicas, de retorcerse como una sanguijuela en las duras rampas de algunos puertos de montaña y de alargar un minuto más, y otro, y otro las carreras por el monte, sólo se justifican si la ilusión mantiene tus ojos abiertos para lograr la consecución de este sueño.

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Son las seis de la mañana del miércoles 29 de septiembre de 2021 cuando suena el despertador.

He sentido la lluvia golpeando la ventana toda la noche, lo que es señal de que el sueño no ha sido muy profundo.

Y he recordado que hace exactamente ocho años también amaneció lloviendo.

Venzo a los demonios que me susurran “cinco minutitos más” y en un escaso cuarto de hora estoy saliendo de casa tras un rápido café, dos tostadas y una pieza de fruta. Ya tendré tiempo a media mañana de reponer fuerzas.

Hay poco tráfico a estas horas y llego enseguida a la piscina. Pese a que la cafeína está empezando a hacer efecto, veo que Mercedes, la conserje del centro deportivo en turno de mañana, está mucho más espabilada que yo. Me saluda con la efusividad de todos los días.

Me cambio, me presentan al resto de compañeros de entrenamiento y tras la pertinente ducha, entro al agua.

El frío me contrae los músculos. Poco a poco, voy entrando en calor. Echo de menos las sensaciones del neopreno y me viene a la memoria un ya lejano 25 de mayo de 2002.

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Cuatro de la mañana del 25 de mayo de 2002. Suena mi despertador en forma de balón de fútbol. Por un momento no recuerdo si cambié la hora cuando llegamos a Lanzarote, quizá me quede una horita más de sueño, pero no es así.

Salto de la cama y leo por enésima vez el mejor de todos los mensajes de ánimo recibido en los últimos días:

“Es hora de demostrar la templanza de los perseverantes de la ilusión, que saben dosificar su rabia, que deben regular su fuerza y que llegan como triatletas completos para entrar en el mito de los hombres de hierro”.

Alfonso se despereza poco a poco.  Le digo que me siento como un caballo desbocado con unas ganas inmensas de salir a correr. Me mira medio dormido mientras me dice que él se ve más como un potrillo cojo.

Bajamos a desayunar. Un café bien cargado y un último aporte de hidratos de carbono.

Esto último lo tomamos muy en serio. Hay muchos domingos que llego a casa a las cinco de la tarde tras el palizón de bici y mi comida favorita es arroz a la cubana, albóndigas con arroz, de postre arroz con leche y de música de fondo, a Rod Stewart.

Nervios, prisas de última hora. Colocamos las últimas cosillas que faltan. Tengo una costura rota del neopreno y me ha hecho una herida importante en el cuello, por lo que llevo un vendaje muy aparatoso.

Nos subimos al coche y a eso de las 5.30 de la mañana estamos en Puerto del Carmen. Hay gente en las discotecas de la zona.

– ¿Un cubata?, pregunta uno que va bien cargado.

– Somos más de isotónico, respondemos casi al unísono.

Le metemos bien de aire a las ruedas de la bici, 8 kilos. A alguno se le va la mano con el compresor y estalla la cámara. Por suerte hay por allí personal de mantenimiento de bicis contratados por la organización y echan una mano a todo el que se ve apurado.

Son las 7 de la mañana. Hace frío y se empieza a adivinar el sol a la izquierda de Playa Grande, en Puerto del Carmen.

29 de septiembre de 2013. El día ha amanecido lluvioso. No parece que vaya a abrir y que la luz del otoño, tan cercano el equinoccio, regale las mejores imágenes de la sierra de Madrid.

Una carrera cicloturista recorre la zona. Bajando el puerto de Morcuera el asfalto  está mojado. En una curva, Eva Moral pierde el control y hace un recto hasta impactar con un quitamiedos. Se precipita siete metros por un barranco.

Desde el primer momento, es consciente de que tiene una lesión modular t de que no va a poder volver a andar. Con el móvil, puede llamar a un amigo policía que inicia el dispositivo de rescate. Es trasladada en helicóptero al 12 de octubre y tras 3 semanas en la UCI, pasa los siguientes seis meses en el Hospital de Parapléjicos de Toledo.

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Km 0: No, no estamos en la madrileña Puerta del Sol pero esto está lleno de gente.

800 tipos destilan nerviosismo, ganas e ilusión a raudales. Una auténtica torre de Babel, a juzgar por las nacionalidades de los inscritos. Hay participantes de todas las edades y se exige un mínimo de 18 años, pero no hay límite superior. Encontramos a un señor de 72 años, que fue el que se llevó el mayor número de aplausos por parte de los allí presentes.

Cómo empezaba aquel mensaje al móvil, ha llegado la hora.

En primera fila están alineados los atletas de élite, que han salido 20 metros adelantados del resto de los mortales.

La prueba de natación consiste en dos vueltas a un circuito de 1900 metros marcado a base de corcheras y boyas. Entre vuelta y vuelta se corren 50 metros por la playa para pasar con el chip que llevamos agarrado al tobillo con una pulsera bajo el arco de control.

El agua esta fría, por lo que la organización permite el uso de traje de neopreno y salvo dos valientes, todos llevamos uno.

El neopreno actúa de aislante y aumenta la flotabilidad. Forma una película de agua que al contacto con tu cuerpo rápidamente aumenta de temperatura por lo que desaparece bastante la sensación de frío. También así gastas menos calorías, que luego van a hacer tanta falta.

Salimos a por la primera boya que se encuentra a tan solo 70 metros. De ahí se gira a la izquierda. Demasiada gente en tan poco espacio. Me recuerda a la película ”El golpe”. Hay tortas para todos.

Doblo la boya, e intento algo que he oído en más de una ocasión, el “coger pies”. Esta expresión hace referencia a que una persona al nadar va abriendo una especie de estela que puede aprovecharse nadando justo detrás. Parece ser que los buenos pueden bajar así hasta 5 segundos por cada 100 metros. Enseguida desisto. En el pack, aparte de los pies, vienen codos y brazos de los de al lado.

Ahora alguno me ha pasado muy cerca al adelantarme. Creo que deberían cambiar algunas cosas del reglamento del triatlón. Cuando entras a boxes, los jueces revisan tu material, el casco, frenos, manillar reglamentario, etc. También deberían vigilar el tamaño y forma de las uñas.

El Atlántico a estas horas es como un plato, el agua está muy calmada y se nada razonablemente bien. Tengo por delante unos 800 metros antes de girar a la izquierda, hacer otros 50 metros y girar de nuevo a la izquierda para afrontar de nuevo la recta de 800 metros, en sentido contrario y otro viraje más hasta completar los 1900 metros de que consta cada vuelta.

Nadando soy un poco “Thorpe”, así es que según mi mejor previsión tardaré unos 33 minutos por vuelta, por lo que hay tiempo de pensar. Recuerdo cuando leíamos en algún foro de triatlón los mensajes sobre “agarrar agua”, esas sensaciones que solo pueden experimentar aquellos que dedican largo tiempo a sus entrenamientos de natación.

Lo único que puedes agarrar en algunas piscinas masificadas son los brazos del nadador de la calle anexa en tu afán por no chocarte con los que vienen de frente.

En estos y otros pensamientos, se va haciendo el recorrido. En una hora escasa he completado con éxito el primero de los tres hercúleos trabajos del Finisher, mejor de lo previsto.

Trato de entrar en calor. Las piernas pesan y son un peso muerto que parece buscar el fondo de la piscina. He nadado muchas veces tirando sólo de brazos, pero con ayuda de un pull buoy o pequeño flotador que coges entre las piernas y te ayuda a tenerlas a flote.

Pero ahora no puedo sujetarlo. Tengo las piernas atadas para que no se abran al nadar. Poco a poco a poco voy cogiendo el tranquillo y van cayendo más y más largos en la piscina.

Primera transición. Llega el momento de cambiarse la ropa de la natación y ponerse el equipamiento de la bici (mono de triatlón o culotte, zapatillas, casco y gafas), para inmediatamente después recoger tu bici en la zona conocida como “boxes”. La gente que está luchando por quedar adelante y conseguir una plaza para Hawaii no pude permitirse el perder ni un segundo, por lo que muchos prescinden del culotte y salen a montar en bici con el bañador de competición que llevan debajo del neopreno (los monos de triatlón no se llevaban entonces), y tienen ya montadas las zapatillas especiales en la bici. Yo podría hablar algo más de tiempo de la transición, pero nunca me gustó mezclar política y deporte…

Los voluntarios embadurnan de crema a la gente debido al riesgo de quemaduras.

Montado en la bici, comienzo una larga peregrinación por espacio de 180 kilómetros.

Ya dijo el escritor francés Gabriel Meunier que el viento de cara hace al hombre prudente. El que es prudente es moderado, el que es moderado es constante, aquel que es constante es imperturbable y el imperturbable vive sin tristeza. Aquel que vive sin tristeza es feliz. Luego el prudente es feliz. Por tanto, ya tenemos aquí la clave para llegar a buen puerto en esta prueba, la prudencia.

Dos son los riesgos en una competición de estas características; la deshidratación y la pájara. Es importantísimo beber aunque no se tenga sed y comer sin hambre. Como aparezca cualquiera de estas dos sensaciones, malo, seguramente sea demasiado tarde.

Se debe beber en torno a un litro por hora de esfuerzo, y no vale sólo con agua, es necesario tomar también bebidas isotónicas que reponen las sales minerales, principalmente el sodio y potasio perdido por el esfuerzo o los calambres están más que asegurados.

Cada quince kilómetros aproximadamente hay avituallamientos en los que puedes coger bidones tanto de agua como de un preparado isotónico o bebida de cola.

Lo normal es llevar una alarma en el cronómetro que pite cada 20 minutos y así te obligas a beber.

Pero no conviene dejar de lado el riesgo de sufrir una pájara monumental o hipoglucemia, “el hombre del mazo” que se dice en argot y que golpea, al quedarse el cuerpo sin reservas.

La organización proporciona abundantes plátanos, pasteles y barritas energéticas, pero tampoco puedes inflarte, el estómago se estresa mucho en este tipo de pruebas.

Además. esta pequeña Isla del Atlántico encierra un peligro equivalente en riesgo a los anteriormente citados. El viento, que sopla constantemente en dirección Norte-Sur, y que cuando castiga de frente pone a prueba tu fuerza, pero cuando lo hace de lado pone en riesgo tu integridad física por el peligro de caída.

Por ello, la gran mayoría de los allí presentes llevan un manillar aerodinámico que al acoplarte a él te permite ofrecer menor resistencia al viento.

En los triatlones de larga distancia no se permite el ir a rueda o “drafting”. Ir a la estela de otro o en pelotón, te protege enormemente del viento y hace el camino mucho más llevadero, pero quitaría mucha épica a la hazaña. Así, se debe ir a más de diez metros del que te precede y si adelantas debes dejar un mínimo de cinco metros por un lado u otro.

Aquí, debido a la aglomeración de gente en los primeros kilómetros, es fácil rozar los límites de la legalidad, si bien es muy fácil ver la intención de cada uno de un rápido vistazo.

Enseguida se enfila hacia el parque nacional de Timanfaya, zona volcánica por excelencia de la isla. Una interminable recta de 3 kilómetros que ha precedido tantos sueños y que va picando hacia arriba poco a poco.

Esa recta refleja fielmente la soledad del corredor de fondo y si le añades 800 bicicletas estratégicamente repartidas, un silencio sólo roto por respiraciones entrecortadas de los competidores anónimos que te rodean, una fila de camellos que te miran y parecen no entender nada, quizás compartas un momento de emoción.

Ahora circulamos paralelos al mar por la zona conocida como los Hervideros, antes de llegar al Golfo.

La isla de Lanzarote guarda todavía una última sorpresa, y es el peculiar estado de la carretera (en el momento de la prueba, 2002). Es fácil pinchar y supone perder un mínimo de cinco minutos entre que quitas la cámara pinchada, pones otra y la hinchas, aparte de perder el ritmo, el riesgo de quedarte frío, etc.

Por suerte hay dos coches de la organización en todo momento dando vueltas por la carrera y pueden ayudarte en la reparación (como fue mi caso).

Cada vez cojo menos el manillar de triatlón, me duele la espalda y lo peor es que va en aumento. Hay algunos tramos de viento en contra en los que si me encojo el dolor es tremendo, pero si me levanto de la bici es como si mi cuerpo formara una vela que me frena todavía más.

Nos acercamos a Caleta de Famara, dónde pasara su infancia César Manrique, genial artista que supo reconvertir esta isla.

Pero mi espalda tampoco se olvida de mí, y el dolor es por momentos insoportable, por lo que tengo que parar a hacer algunos estiramientos y darme un poco de pomada par calentar la zona.

 Debido al temporal que azotó la zona poco antes de la competición, había tramos de carretera en los que verdaderamente tenías la sensación de estar jugando a la ruleta rusa con las ruedas de tu bici. Atravieso en ese momento un tramo de 100 metros junto a la playa de Famara en el cual la arena había invadido completamente la carretera.

Con viento a favor tomamos ahora dirección sur hacia Teguise. Allí giro de 180 grados y de nuevo la carrera tira hacia el Norte de la Isla con el viento de frente o costado.

Ahora voy bastante tocado. Me duele todo y durante dos kilómetros parece que estuviera dando la información del tráfico de una mañana cualquiera en un día cualquiera y en una carretera cualquiera de entrada a una gran ciudad. Circulación lenta y paradas intermitentes.

Madre mía, lo único llano que he visto hoy ha sido el mar. Dijo una vez Jorge Oteiza que “se es de dónde se sufre”. Me siento más canario que nunca.

Cada pedalada es un auténtico pulso contra Eolo en las rampas del mirador de Haría. Sin duda alguna, son los momentos más duros. Voy clavado. Se trata de 480 metros de desnivel en unos 40 kilómetros, nada comparado con los 800 metros de desnivel que se ganan en el puerto de Morcuera en poco menos de 10 kilómetros, que es donde me he entrenado este tiempo.

Las sensaciones ahora son pésimas.

Pero todo llega en esta vida, y allí estamos recogiendo el avituallamiento en lo alto del Mirador de Haría, kilómetro 107.

Bajada pronunciada para después iniciar la ascensión al segundo escollo montañoso del día, el Mirador del Río. Más llevadero, y al poco ya estoy metiendo plato grande y piñón pequeño. La Graciosa a la izquierda y…¡bajando!

Sí, sí, sí, ahora me siento finisher por primera vez y creo que voy a acabar. Brota alguna lágrima. Nunca había nadado tanto en el mar ni había hecho 180 kilómetros en bici del tirón, pero en mis piernas hay cuatro maratones y creo que este último podría acabarlo hasta con un tiro en la pierna.Me quedan 60 kilómetros de bici todavía, pero la moral está por las nubes. ,El viento ahora da a favor y empuja muchísimo, ¡vamos, vamos!

Al rato nuevo giro para ir a Teguise, otra vez el viento en contra. Tengo que parar de nuevo a estirar la espalda, y me quito la zapatilla derecha, pues tengo el pie completamente dormido.

En breve nuevamente viento a favor, pasamos por Tías y hacia Puerto del Carmen, si bien antes hay un tramo de doble sentido para ir y volver que sienta bastante mal.

El primero que se bajó de la bici fue el danés Peter Sandvag, a la postre ganador y que marcó un parcial de cinco horas justas en bici, logrando una ventaja que ya nadie pudo quitarle. A modo de comparación, en algún Iron Man más llano y sin viento, el mejor parcial ciclista está en poco más de 4 horas.

Maribel Blanco pincha a 6 kilómetros de meta. Hace sus cuentas y piensa que es preferible ir “en llanta”, con la rueda pinchada y jugarse el tipo a cada curva, antes que parar a cambiar la rueda. Consigue un parcial ciclista de seis hora y cuatro minutos.

En mi caso, tras siete horas y cuarto pedaleando el alivio de bajarte de la bici es grande.

Los voluntarios se hacen cargo de tu bicicleta y recoges la bolsa con el material para cambiarte de cara al maratón que se avecina. Nuevamente me embadurnan de crema protectora mientras me pongo la ropa que con tanto cariño he preparado para la ocasión.

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Salgo de la piscina y me enfundo el traje ciclista. Saludo de nuevo a Mercedes antes de subirme a la handbike, bici de 3 ruedas para aquellos que no pueden pedalear con las piernas. Tumbado boca arriba, doy pedales con las dos manos a la vez en un pedalier que sirve también de manillar. La potencia que transmites con los brazos es menor, por lo que las cuestas arriba son un triunfo. Los pies van apoyados y atados para que no se salgan en un bache y también la cintura para no salirse en una curva.

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En el hospital de Toledo Eva se siente como un niño pequeño al que hay que enseñar a caminar, a vestirse, a manejar la silla de ruedas y a hacer ejercicios de rehabilitación. En su caso, tenía que aprender a moverse con los brazos. El equipo de psicólogos le ayuda a prepararse a lo que se va a encontrar más adelante, cuando abandone el centro.

La adaptación de Eva continúa en el día a día. Entrar y salir de un coche o pelearse con el mobiliario urbano pronto pasan a formar parte de sus rutinas.

Gracias a las redes sociales Eva se puede acercar a deportistas con discapacidad que le hablan sobre el paratriatlón o triatlón adaptado. Así, supo que podría seguir nadando, montar en bici con las handbikes y que hay sillas de atletismo para correr. Esto le sirvió de motivación para recuperarse cuanto antes y lanzarse a practicar.

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Las primeras zancadas corriendo son curiosas. Por mucho que hayas entrenado las transiciones de un deporte a otro, tienes la sensación de ir sentado, y tardas bastante en encontrarte cómodo.

La carrera a pie son cuatro vueltas de diez kilómetros y medio por el paseo marítimo de Puerto del Carmen, en un ida y vuelta por lo que pasas ocho veces por los mismos sitios.

Mi estómago es una pecera de mueslis, cakes, plátanos, bebidas isotónicas.

Me cruzo con Peter Sandvag que va directo hacia la meta y acaba en un tiempo total de 8 horas y 48 minutos, sacando ocho minutos al segundo clasificado. Pienso que una llegada al sprint tras casi nueve horas de esfuerzo puede ser lo más agónico que pueda verse en el mundo del deporte. Y se ha dado en ocasiones.

Entre vuelta y vuelta, para controlar los pasos de cada uno, te cuelgan un collar de distintos colores. La primera te hace ilusión, pero con el cansancio se acaban convirtiendo en collares de plomo. Comparto un tramo de carrera con Maribel Blanco, que trata de coger a la primera chica.

Eterno agradecimiento a los chavales de los avituallamientos, que dan ánimos en todo momento. Me cruzo con Alfonso y chocamos las manos. Veo que la tiene negra y se me escapa una carcajada, estoy seguro de que ha repetido alguna de nuestras sesiones de aficionados de mecánica con la bici.

Creo que se me va a hacer algo pesado el pasar ocho veces por los mismos sitios. Empiezo a hacer mis cuentas, veo que puedo bajar de doce horas y aprieto un poco. Hago mis cálculos y para darme moral considero las vueltas de once kilómetros o de diez kilómetros según pienso en lo que llevo o en lo que me queda.

Me adelanta ahora Maribel que ya ha dado caza a la primera y se dirige radiante a meta. Siento como burbujitas que me suben por las piernas y aflojo. Sin duda se trata de los tan temidos calambres que empiezan a hacer de las suyas. Debería tomar bebidas isotónicas, pero tengo el estómago completamente cerrado.

Voy a completar mi segunda vuelta.

Recuerdo que a finales de noviembre del año 2001, tras correr en los veinte kilómetros de Valdepeñas, sufrí una contractura en la zona lumbar y me descubrieron una dismetría de 1.3 centímetros en la pierna derecha. Le conté al traumatólogo lo que tenía pensado hacer al año siguiente y puso un careto que no me gustó nada. Unas plantillas me salvaron.

Recuerdo también el día de la traqueitis tras beber una bebida con gas helada tras cinco horas de bici (error de principiante) y aprieto con más fuerzas.

Repaso con cariño los últimos tiempos en los que mis compañeros de trabajo me han animado muchísimo. Y empiezo la última vuelta. El viento va en contra a la ida pero me va ayudar en los últimos cinco kilómetros.

El panorama es apocalíptico. El suelo está lleno de botellas, geles y esponjas a pesar de que hay espacios para tirarlos y el tremendo esfuerzo de los voluntarios por recoger. Un porcentaje alto de triatletas viene andando y da bandazos de un lado para otro, deshidratados o, simplemente exhaustos. Alguno está vomitando.

Último giro

Sí, sí, sí.

Los últimos cinco kilómetros no los olvidaré jamás. Podría estar días y días escribiendo sobre ellos. Los aplausos y gritos del público hacían que no oyera ni siquiera mi propia respiración. A menor escala, me recuerda la parte final de la San Silvestre, con esa subida al estadio del Rayo Vallecano, en la que la aglomeración de gente hace el camino estrecho y te empuja como en las míticas etapas del Tour.

Iba fuerte, pero muy tocado. Tengo vagos recuerdos de algunos momentos. Ahora si que desearía más que nunca tener a mis padres cerca para darles un abrazo, pero el miedo de mi padre a volar fue mayor que la ilusión de su hijo por tenerles aquí.

 De pronto una voz se eleva por encima de las demás.

-“Vamos chiquitín!”  Giro la cabeza a duras penas pues tengo un dolor tremendo en el cuello.

Mi voz suena como un grito desgarrador:

– “¡¡Papá!!!” me tambaleó unos metros buscándole en el público y estoy a punto de parame.

– “Ánimo Sergi!” ahora giro bruscamente al otro lado.

– “Mamáaaa!” ese grito sólo lo oigo yo mientras lloro como una magdalena.

Estoy viendo visiones por el esfuerzo. Sólo me queda un kilómetro y salvo que lo haga en ocho minutos lograré bajar de las doce horas.

Doy una vueltecita de tuerca más y acelero, pero ahora me doy cuenta de que no quiero terminar, que me resisto a acabar este viaje.

Me quedan doscientos metros y aprieto, mientras recuerdo especialmente aquellos domingos de verano en que mi padre nos levantaba a las siete y media de la mañana para ir a andar por el monte.

Los tres hermanos nos movíamos de un lado a otro de la cama y maldecíamos nuestra suerte, por madrugar un domingo a toque de corneta.

Pero yo en verdad llevaba desde las seis de la mañana dando vueltas en la cama y deseando que llegara la hora en la que poder medirme de nuevo con mi hermano mayor a esas horas tan tempranas. Y es que, como bien dice Miguel Delibes, salir al monte al amanecer, es como estrenar el campo.

Intento esprintar. Es absurdo, lo sé. Y además el ácido láctico se niega a echarme una mano.

Y así fue como atravesé la meta más dulce de mi vida, teniendo la sensación de estar tocando con las manos el mismísimo cielo.

Del cielo al…suero, dos botellitas de glucosalino para recuperar mis músculos acalambrados.

Me cuelgo la medalla de finisher y llamo a esas personas cuyo abrazo hubiera deseado tener en ese momento.

Cada uno de los ochocientos que estábamos allí tenía su objetivo. Algunos viven de esto, otros para esto. Personalmente terminar un Ironman era algo con lo que soñaba desde pequeño y ya no podré reprocharme a mí mismo el no haber logrado nada en el deporte, pues en él lo he encontrado todo.

El hecho de que haya auténticas máquinas que bajen de ocho horas horas en Ironman no desmerece la ilusión del primerizo o el agobio del que acaba en diecisiete horas justas.

Quizá el suelo de Lanzarote no esté sólo formado de lava solidificada. También hay restos de sangre, sudor y lágrimas de todos los que han contribuido a engrandecer el mito de los hombres de hierro.

O los fuertes vientos puede que no sean más que suspiros y resuellos de agonía de tantos triatletas que han venido aquí a escribir su particular leyenda.

Y es que como muy bien dice mi compañero de fatigas Alfonso, esta prueba es justo lo contrario de lo que se cree. Cuando se te empañan las gafas de natación, cuando no son sólo gotas de sudor lo que salpica el cuadro de la bici o el dorsal en tu pecho te das cuenta de que el Ironman lo que hace es convertir hombres de hierro, en hombres de sentimientos, hombres de ilusiones.

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Vuelvo al centro deportivo. Mercedes sonríe, de nuevo. Cojo ahora la silla de atletismo. Me siento de rodillas y con los guantes especiales doy impulso a los aros. Es importante trabajar la técnica de golpeo para avanzar deprisa. Hoy ha sido mi primera toma de contacto con el paratriatlón. He podido ponerme hoy en sus zapatos y espero con el tiempo tener el conocimiento suficiente para poder empezar a entrenar a paratriatletas.

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29 de agosto de 2021. Eva Moral acaba de conquistar el bronce en Tokyo, en sus primeros juegos paralímpicos. Nada más cruzar la meta, recuerda su tatuaje: Never Give Up (Nunca te rindas).

Una auténtica mujer de fe.

#hoynoperderé

TRES

Nikola Tesla lloraba de emoción. No podía haber imaginado mejor escenario que la inauguración de la Exposición Universal de Chicago de 1893.

Se acercó al recinto de la feria andando desde el hotel cercano en el que se alojaba, en una habitación acabada en tres.

El sitio estaba lleno a rebosar, con miles de espectadores en pie esperando la aparición del genio.

En ese momento, el presidente del país, Grover Cleveland, pulsó un botón y cien mil bombillas incandescentes iluminaron el espacio. El público aplaudió a rabiar. Era el triunfo de la corriente alterna sobre la continua.

El presentador de la velada contó la misma historia de siempre. Con tan solo tres años de edad, en su Smiljan natal, Nikola había vivido un episodio que le marcó para siempre. Acariciando el lomo de su gato, el roce de su mano provocó un chispazo. Y Tesla había dedicado el resto de su vida a averiguar el motivo.

Asintió entre lágrimas y contó algunas anécdotas de su incipiente enfrentamiento con Edison en la llamada guerra de las corrientes.

Ya en el cocktail, pegó tres sorbos a la copa que le habían servido y se marchó, para sorpresa de los allí presentes. Dio tres vueltas a la manzana antes de entrar al hotel.

Cincuenta años más tarde, le invade la melancolía mientras se acerca a duras penas al ascensor para subir a su habitación de la última planta del Hotel Manhattan, en la que vive atormentado y rodeado de palomas. Tirados por el suelo hay múltiples escritos en los que deja entrever su obsesión por el número tres.

Con la mano temblorosa, agarra un lápiz y subraya tres veces unas líneas en las que había tratado de explicar los verdaderos motivos de su afición por la electricidad. Sólo intentaba reproducir el calambre que le recorrió la espalda cuando tenía catorce años. Fue el día que Marija le besó tres veces a la salida del colegio.

#HistoriasdelaHistoria 

Esta guerra pide paz

Tardamos diez minutos en darnos los teléfonos, treinta en un primer beso y unas horas en amanecer juntos.

Es el mejor regalo que me han hecho nunca por mi santo, dijiste varias veces durante aquella noche de San Juan que, paradójicamente, fue la más larga de un verano que prometía ser eterno.

Mensajes de buenos días, canciones dedicadas a todas horas, tú esperándome a la salida del trabajo, yo sorprendiéndote al mediodía en el tuyo.

Un fin de semana improvisado en Oporto. Cinco días de ruta por Pirineos. Te fuiste dos semanas a ver a tus padres a la playa y yo también aproveché para huir de la ciudad.

A la vuelta, de nuevo dos imanes evitando darse la espalda. Sierra, piscinas, terrazas…exprimimos cada día como si fuera el último.

Pero la primera semana de septiembre se hicieron polvo las hadas. Mi familia regresó del pueblo y tuve que confesarte todo.

A modo de despedida, te pedí un abrazo y me lo negaste.

Esa misma noche me volví a dar de alta en la aplicación de citas en la que te había conocido. Unas veces se gana y otras se aprende, pensé, mientras me registraba con el nombre de “Judas”.

#elveranodemivida

PLANES DE VERANO

Cuando vi a papá montando la baca en el coche supe que aquel verano iba a ser especial. Al rato mamá colocó un cofre y entre los dos lo llenaron de maletas, a la vez que se dedicaban tiernas miradas. -¡Quién no suba ahora se queda!, tocó mamá a rebato. Comprobaron varias veces que habían cortado la llave del agua y el gas, dejaron la puerta de la nevera abierta y conectaron la alarma. Nos pusimos en marcha. Atrás, en el asiento del medio, no me daban mucho juego. Laura no se separaba del móvil que le habían regalado por sus magníficas notas y Raquel estaba absorta con su libro electrónico, premio también por su gran curso escolar. Yo no entendía mucho, pero veía a los dos tortolitos en el asiento del piloto y copiloto cogidos de la mano mientras hablaban de las rías Baixas, de Santiago de Compostela, de A Coruña, de las bondades del pulpo y de gélidas aguas. Al rato paramos a echar gasolina y aprovechamos para comer algo. Lo que no entraba en mis planes era que me dejarían allí atado a una papelera junto a mi comedero.

LA VIE EN BUCLE

Me enamoré por primera vez con el casete de Bruce Springteen que me regaló Mercedes, mi vecina del segundo. Podía tirarme horas y horas escuchando en bucle “Glory Days”. Siempre rebobinaba un poco más la cinta para escuchar la dedicatoria que ella, con su voz poderosa y melosa a partes iguales, había grabado antes de la canción.

Suyos fueron mis primeros intentos de besos. Suyos fueron, también, mis primeros intentos de versos. Escribir era mi forma de defenderme de la ingravidez que atacaba mi estómago al pensar en ella. Otra forma era hacer deporte para desfogarme. Y fue así como por aquella época me aficioné a correr. Modestia aparte, no se me daba mal, como mostraba una casa familiar llena de trofeos que mi madre mostraba orgullosa a todo aquel que atravesaba el umbral de la puerta.

Estaba apuntado a un club de atletismo y me encantaba compartir carreras con mis compañeros. A veces me tocaba entrenar solo, y entonces echaba mano de un walkman, siempre al ritmo de las canciones de “The Boss”. Otros eran más de la banda sonora de “Rocky” y, sí, reconozco que era más apropiada para subir escaleras, pero a mí lo que más me gustaba era correr por el monte. Cuando abandonaba el asfalto, apagaba la música. El sonido al pisar las hojas caídas en otoño, el cese del ruido de las chicharras al sentirte cerca o el diálogo con el barro tras unas horas de lluvia…quien lo probó, lo sabe.

Si preguntas a la gente por un recuerdo relacionado con el deporte, muchos te hablarán del mundial de Sudáfrica, de alguna final de Champions, de Indurain, de Carolina Marín…Yo tenía 16 años el 8 de agosto de 1992, cuando Fermín Cacho alcanzó la gloria en los juegos olímpicos de Barcelona. No hay día que no recuerde su pletórica recta final.

Así es que el deporte siempre ha estado muy presente en mi vida. Pero no, no se tienen veinte años toda la vida.

Y poco a poco, lejos de aquellos días de vino y rosas, tras superar duras lesiones, sonoras rupturas sentimentales y varias quiebras personales y económicas, ha llegado este desubicado 2021.

Mi médico de cabecera me ha recomendado que no me vuelva a enamorar y que evite el alcohol. Me sugiere que lea más a Paulo Coelho y menos a Lorca y que escuche a Ludovico Einaudi mientras camino a intensidad moderada.

La vida es demasiado corta para malos vinos, me digo a mí mismo, mientras recibo un mensaje en el móvil con un link que me invita a escuchar “Glory Days”, a la vez que me recuerda que ponga a oxigenar una botella de ribera de Duero. Minutos después suena el telefonillo y salto del sofá, donde trataba de hilvanar algunas rimas. Esta va a ser una noche sin luna, y me espera una carrera al atardecer por las huertas cercanas con mi vecina de arriba. Se llama Mercedes.

#SueñosdeGloria

Sacrificio sin esperar gloria

Estimados todos;

Mi nombre es Isabel. Quién me iba a decir a mí que de haber podido viajar en el tiempo vería ahora mi nombre en los telediarios.

Se habla de apertura con prisas. En mi caso, entre la concepción del proyecto y su puesta en marcha solo transcurrieron ocho meses, un récord para la época. Cuando hay vidas en juego, cada segundo cuenta.

Dicen las malas lenguas que ha habido adjudicaciones a dedo. ¿Sabéis cómo elegimos a nuestros compañeros de viaje? No hubo otro remedio que juntar a 22 huérfanos. Ningunos padres apuntaron a sus hijos de voluntarios a la expedición.

El hospital Isabel Zendal ha abierto sus puertas entre las discusiones de los que os gobiernan. Pero que sepáis que allí dentro sólo hay trabajadores que intentan haceros la vida un poco más fácil.

He sabido también que el Ministerio de Defensa sacó a los militares a las calles de España en la Operación Balmis, en homenaje al médico militar Francisco Javier Balmis, mi compañero de viaje en 1803 en la vacunación masiva en América Latina y Filipinas.

Por cierto, el lema de la escuela de enfermería de Puebla (México) dónde terminé mis días es “Sacrificio sin esperar gloria”.

Suerte. Y mucho ánimo.

Desde mi ventana

Siento un cosquilleo en forma de ingravidez en el estómago. Esta vez parece que las mariposas hubieran tenido una pesada digestión y les costara levantar el vuelo. Para relajarme me acerco a la ventana, y a través del cristal queda visible una preciosa paleta de colores. Sonrío.

Miro el reloj. En escasos veinte minutos se va a producir un hecho histórico, y pienso en todos los años de intenso trabajo para llegar hasta aquí. Me acuerdo de aquellos que me han ayudado en el camino. Más que nadie tú, mamá. Te fuiste demasiado pronto, pero sé que estarás orgullosa de mí. Sincronizada con mis pensamientos, una lágrima trata en vano de surfear mi mejilla.

Vuelvo a chequear todo, y tengo una total confianza en que no habrá ningún problema, aunque de vez en cuando vuelvan aparecer los demonios de la inseguridad. Pero esta vez no tienen fundamento alguno. Trato de mantener la cabeza ocupada, y ahora no logro quitarme de la cabeza a Bela, la galga que adoptamos hace unos meses. Cuando salí de casa llevaba unos días mala y por las imágenes he visto que aún sigue un poco apagada. A mi vuelta tendrá un empacho de achuchones, como todos.

Bueno, llega el momento largamente esperado. Tras unas durísimas pruebas conseguí romper un tabú a favor del feminismo. Sí, soy mujer. Y tengo el privilegio de ser el primer ser humano que va a pisar Marte.

#HistoriasdePioneras