De histéresis y asíntotas

Don Ramiro era un profesor de mirada triste. Parecía estar cubierto por una pátina verdosa, como si de una estatua de bronce se tratara. Apestaba a colonia barata y a nostalgia y muchas veces era el blanco de nuestras burlas.

Nos daba clase de física y, todo sea dicho, no era un profesor brillante. Pero era una buena persona, y en el fondo es lo que me ha quedado de él. Eso y la ley de la gravedad, entre otras cosas.

Fue un año complicado en lo personal, y a los altibajos típicos de la adolescencia se juntaron algunos problemas en casa. Al final del curso yo llegué completamente desinflado.

Lo último que vimos en clase fueron unas nociones de magnetismo y fue una de las preguntas del examen final.

Definición de histéresis y ejemplos. Tres puntos.

Yo lo llevaba todo con alfileres pero más o menos atiné al definirlo como la tendencia de un material a conservar alguna de sus propiedades, en ausencia del estímulo que la ha generado.

Y puse de ejemplo a mi madre, añadiendo que era capaz de recuperar la alegría cada vez que mi padre se iba de casa. Don Ramiro me llamó a tutoría y se interesó por mi situación, y por ello le estaré siempre agradecido. Por eso y por aprobarme con un examen tan flojo.

Por la baja de Doña Gabriela, le tocó también corregirnos el examen de matemáticas.

A la pregunta de qué era una asíntota, yo respondí que mis labios y los de María, que siempre se acercaban y nunca se tocaban. Pero ahí no coló.

En pocas palabras

Su mote era “La parca”, un sutil juego de palabras con la muerte y una persona poco dada a hablar. Y, sí, fue obra mía. De hecho, creo que muchos de mis compañeros de clase no recuerdan su verdadero nombre.

Estudié en un colegio de curas y ella fue una de las primeras profesoras que llegaron al mismo. Por aquel entonces, las clases eran un erial de emociones, sin importar mucho el curso en el que estuvieras. A primera hora te aprendías todos los afluentes del Tajo y en la siguiente clase la tabla periódica perfectamente ordenada por filas y columnas. Eso por no hablar de los verbos irregulares en inglés. Pero sus clases de Filosofía eran un verdadero oasis.

El primer día, nada más entrar, escribió en la pizarra: “Prima non datur et ultima dispensatur”. Algún gracioso le recordó que teníamos clase de filosofía, no de latín. Y ella tradujo, “La primera no se da y la última se dispensa”. Con la puerta en la mano dijo que no iba a dar la primera clase y nos adelantó que durante ese año iba a intentar transmitirnos una serie de principios que pudieran ayudarnos en la vida. Añadió que en la siguiente sesión hablaríamos de los filósofos griegos y sus teorías de la separación de alma y cuerpo en el momento de la muerte. Y se fue.

Se hizo un silencio espeso. En dos segundos, ese cóctel de hormonas y espinillas que llenaba el aula empezó a murmurar. “¡La parca!”, grité. “La llamaremos así”. Y todos asintieron.

Pero nada más lejos de la realidad. En su segunda clase no abrió el libro de texto. Aplicó la mayéutica de Sócrates y empezó a sonsacar todo el conocimiento de nuestro interior.

Otro día, para hablarnos de Platón y su caverna nos hizo preparar una representación de sombras chinescas. Posteriormente nos dejó boquiabiertos mientras nos hablaba de Aristóteles y su idea de la virtud, “mesotés”, ese término medio entre dos extremos.

Nos enseñó a dudar de todo y a no dar nada por sentado, y al llegar la selectividad nos cayó Descartes y la duda metódica. Todos sonreímos. Yo el que más, con mi 9,75 de nota.

Pero todo llega a un final y el curso se acabó. La última clase fue un recuerdo de esos que perdurarán hasta el final de mis días. Nos regaló a todos un ejemplar de “La búsqueda de la felicidad” de Bertrand Russell. Y nos animó a dejar un cuaderno cerca de la cama y a escribir en él todos los días, antes de acostarnos, algunos de esos momentos que nos hicieran sentir que la vida merecía la pena. El “aquí y ahora” que ella había repetido tantas veces a lo largo del año.

Con lágrimas en los ojos llegué a casa y empecé a devorar el libro. Ya en la primera página leí que al autor a los cinco años se le ocurrió pensar que, si vivía hasta los setenta, hasta entonces solo había soportado una catorceava parte de su vida. Yo tenía diecisiete y era más optimista, así es que pensé que había vivido una quinta parte de mi vida y que me quedaba todavía mucho por hacer.

Por si no ha quedado claro, yo estaba “platónicamente” enamorado de ella. Y media clase también. Ese año en Lengua leímos “Señora de rojo sobre fondo gris” de Miguel Delibes y todos suspiramos con aquello de “una mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir”. Las pesadumbres de la adolescencia o el acné iban en el mismo saco.

¿Y qué pasó después? Acabé el colegio, busqué una carrera que no me dificultara mucho el encontrar trabajo y tras varios tumbos empecé a devengar trienios. La vida fue resbalando poco a poco, con sus sinsabores y alegrías. De estas últimas siempre he llevado una contabilidad diaria. Al principio en cuadernos tamaño cuartilla y ahora en una aplicación del móvil.

En un grupo que tenemos los compañeros del colegio colgaron hace tiempo noticias de ella. La habían localizado en Los Silos, una pequeña población de Tenerife. Trabajaba en una modesta zapatería e impartía un taller de literatura y microrrelatos titulado “En pocas palabras”.

En la última mudanza dejé en la misma caja el libro de Bertrand Russell y varias decenas de cuadernos. Busqué el más antiguo y en la primera página aparecía ella.

Se llamaba, y se llama, Noelia.

Consejo de ministros

– ¿Me oís todos?

– Sí, Pedro.

– Por favor, silenciad micrófonos los que no estéis hablando, que hay eco. Venga, seré breve que os están esperando vuestras familias para cenar. Sólo quería desearos una maravillosa cena de nochebuena y una feliz navidad.

– A ver, sabes que muchos de nosotros somos ateos.

– Habla por ti, Pablo.

– Dejad de sacar punta a todo. Desconectad un poco estos días y disfrutad de vuestras familias. Quiero que a la vuelta vengáis con las pilas cargadas y con nuevas ideas para superar la crisis y salir fortalecidos de la misma. Me ha adelantado Felipe que su discurso de esta noche va a versar sobre esto.

– ¿Qué Felipe?

– Felipe VI, no me toques más las narices.

– ¿Va a decir algo de las vacunas?

– Supongo que sí, Salvador.

– ¿Y de las nuevas medidas de protección a los trabajadores?

– A ver Yolanda, no he visto el discurso, Felipe es muy celoso para eso. Lo comentamos luego si queréis por el grupo de whatsapp. Oye Manuel, córtate un pelo, veo por la cámara que estáis allí un montón de gente.

– Eh, bueno, Pedro. Ya sabes, tengo una edad, muchos nietos y…

– Quita la cámara, igual nos están hackeando y pueden grabar esto.

– Pedro, yo insisto en lo que dije en el último consejo de ministros. Hay que convencer al banco central europeo. Imprimamos euros como si no hubiera un mañana. Reguemos la economía de estímulos y los buzones de los votantes de billetes. Que vuelva el consumo a los hogares y así dispararemos el optimismo de la población.

– Pero vamos a ver María Jesús. Si estamos limitando aforo en hostelería y comercios, ¿cómo demonios vamos a pedir a la gente que se lance a consumir?

– Además, eso derivaría en una inflación brutal a corto plazo. Y a medio, en el momento de retirar las ayudas, la economía volvería a parar en seco.

– Gracias Nadia, me encanta tu mente analítica.

– Os voy a hacer un spoiler. Al final, te mueres. O como diría Keynes, a largo plazo, todos muertos.

– Muy agudo, Alberto.

– Tengo una idea. ¿Por qué no en vez de billetes imprimís abrazos? Es lo que necesita la gente para seguir adelante. Lo que todos echamos de menos es sentir el calor de amigos y seres queridos. Pedro, te darán el Nobel. Esto será tan famoso como los acuerdos de Bretton Woods.

– ¿Quién ha dicho eso?

– ¡Cooooooorten!

-La toma es buena, va a quedar genial el especial de José Mota de Nochevieja.

#unaNavidaddiferente

Ayer vendrá(Luis Rosales)

La tarde va a morir; en los caminos
se ciega triste o se detiene un aire
bajo y sin luz; entre las ramas altas,
mortal, casi vibrante,
queda el último sol; la tierra huele,
empieza a oler; las aves
van rompiendo un espejo con su vuelo;
la sombra es el silencio de la tarde.
Te he sentido llorar: no sé a quién lloras.
Hay un humo distante,
un tren, que acaso vuelve, mientras dices:
Soy tu propio dolor, déjame amarte.

La cena

Era algo que ya se sabía. Estas navidades iban a ser muy distintas de todas las anteriores, empezando por la cena de nochebuena.

Para empezar, seis en la mesa como máximo en mi comunidad autónoma. Trato de recordar cuantos éramos el año pasado y me salen dieciocho.

El ambiente en esta ocasión, sin ser tenso, es serio. Son las ocho de la tarde y mi suegro me ofrece un vino mientras me escudriña con sus ojos llenos de curiosidad. Me gusta la elegancia con la que sostiene la copa y su manera de disfrutar de cada trago. Al minuto nos encontramos cómodos hablando de fútbol, pero los dos intuimos que en breve la conversación derivará en temas más profundos.

Me giro para ubicar a mi pareja. Está conversando con su madre y se nota la complicidad entre ambas. Al igual que el cachorro de border collie que corretea por la casa, busca mi mirada cada cierto tiempo para comprobar que estoy a gusto.

Suena el timbre. Llega mi cuñada con mi sobrina. Saltándose todos los protocolos, me abraza efusivamente y me planta dos besos sonoros mientras la pequeña se esconde entre sus piernas y me mira sorprendida. Dice algo con su lengua de trapo antes de irse a buscar al perrete.

Y ya hemos llegado a seis, el tope. Hago memoria. Queda descartado que al rato aparezca alguien disfrazado de Papa Noel o el ajetreo posterior de todos los años con un montón de niños abriendo regalos. Mirándolo por el lado bueno, no habrá que escuchar los chistes malos de mi cuñado ni fingir sorpresa al abrir el regalo del amigo invisible. Tampoco yo haré sonar machaconamente el “Last Christmas” de George Michael.

Bueno, ya es hora de sentarse a la mesa. Estamos todos de acuerdo en que han cambiado mucho las cosas en el último año. En mi caso, me he separado, me he vuelto a juntar y hoy estreno familia política. Deseadme suerte.

#unaNavidaddiferente

The poets hang on/Los poetas resisten (Margaret Atwood)

The poets hang on

It’s hard to get rid of them,
though lord knows it’s been tried.
We pass them on the road
standing there with their begging bowls,
an ancient custom.
Nothing in those now
but dried flies and bad pennies.
They stare straight ahead.
Are they dead, or what?
Yet they have the irritating look
of those who know more than we do.

More of what?
What is it they claim to know?
Spit it out, we hiss at them.
Say it plain!
If yon try for a simple answer,
that’s when they pretend to be crazy,
or else drunk, or else poor.
They put those costumes on
some time ago,
those black sweaters, those tatters;
now they can’t get them off.
And they’re having trouble with their teeth.
That’s one of their burdens.
They could use some dental work.

They’re having trouble with their wings, as well.
We’re not getting much from them
in the flight department these days.
No more soaring, no radiance,
no skylarking.
What the hell are they paid for?
(Suppose they are paid.)
They can’t get off the ground,
them and their muddy feathers.
If they fly, it’s downwards,
into the damp grey earth.–

Go away, we say —
and take your boring sadness.
You’re not wanted here.
You’ve forgotten how to tell us
how sublime we are.
How love is the answer:
we always liked that one.
You’ve forgotten how to kiss up.
You’re not wise any more.
You’ve lost your splendour.

But the poets hang on.
They’re nothing if not tenacious.
They can’t sing, they can’t fly.
They only hop and croak
and bash themselves against the air
as if in cages,
and tell the odd tired joke.
When asked about it, they say
they speak what they must.
Cripes, they’re pretentious.

They know something, though.
They do know something.
Something they’re whispering,
something we can’t quite hear.
Is it about sex?
Is it about dust?
Is it about fear?

Los poetas resisten

Es difícil deshacerse de ellos
aunque dios sabe que se ha intentado.
Nos los cruzamos en el camino
ahí parados con sus escudillas de limosnero,
una antigua costumbre.
Sin nada dentro ya
excepto moscas y monedas falsas.
Miran de frente
¿Están muertos, o qué?
Sin embargo tienen esa mirada irritante
la de aquellos que saben más que nosotros.

¿Más de qué?
¿Qué es eso que dicen saber?
Escupidlo, les bufamos entre dientes.
¡Decidlo claramente!
Si uno intenta una respuesta sencilla
es cuando fingen estar locos
o bien borrachos, si no necesitados.
Se pusieron esos disfraces
hace ya algún tiempo
esos jerseys negros, esos harapos;
ya no pueden quitárselos.
Y tienen problemas con su dentadura.
Esa es una de sus cargas.
Les vendría bien recurrir a algún dentista.

También tienen dificultades con sus alas.
No recibimos mucho de ellas
en el ministerio de vuelo estos días.
No más planeo, ni resplandor,
ni perder el tiempo
¿Para qué diablos les pagan?
(Supongamos que se les paga)
No pueden despegar del suelo,
ellos y sus embarradas plumas.
Si vuelan es hacia abajo,
hacia la húmeda tierra gris.

Largaos, decimos—
y llevaos vuestra aburrida tristeza.
No sois bienvenidos aquí.
Habéis olvidado decirnos 
lo sublimes que somos.
Mucho amor es la solución:
siempre nos gustó eso.
Habéis olvidado cómo adular.
Ya no sois sabios.
Habéis perdido vuestro esplendor.

Pero los poetas resisten.
No son nada sino tenaces.
No pueden cantar, no pueden volar.
Solo saltan y croan
también se chocan contra el aire
como si estuvieran enjaulados,
y cuentan ese caducado chiste.
Cuando se les pregunta, según ellos
dicen lo que deben.
¡Caramba! qué pretenciosos.

Pero ellos saben algo.
Sí que saben algo.
Algo de lo que susurran,
algo que no acabamos de escuchar.
¿Se trata de sexo?
¿Es algo acerca del polvo?
¿Es por el miedo?

El regalo

“El otoño es una segunda primavera, cuando cada hoja es una flor”

-Albert Camus

Hoy ha sido un regalo, de esos que el calendario tiene a bien hacerte cuando menos te lo esperas. O esa carta que te sorprende en el buzón, aunque sea el de outlook.

El otoño llega a su ecuador y equidista el equinoccio del solsticio. El sol ya no arde, las hojas alfombran el camino y cada pisada sobre ese manto color fuego desprende olor a lluvia pretérita.

Hoy te he imaginado cerca, he peinado todos los senderos y he mirado debajo de esas alfombras de hojas para ver dónde se escondía tu abrazo.

He querido mostrarte lugares por los que quizás ya pasaste. Y he escuchado tus mentiras piadosas diciendo que no era así, empatizando con la ilusión de aquel que ve abrir su regalo.

MELANCOLÍA

Me siento, a veces, triste
como una tarde del otoño viejo;
de saudades sin nombre,
de penas melancólicas tan lleno…
Mi pensamiento, entonces,
vaga junto a las tumbas de los muertos
y en torno a los cipreses y a los sauces
que, abatidos, se inclinan… Y me acuerdo
de historias tristes, sin poesía… Historias
que tienen casi blancos mis cabellos.

Manuel Machado

Cinco minutos con Mario

DEFENDER LA ALEGRÍA

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.

Mario Benedetti, más necesario que nunca.

Cinco horas con María

Si muero,
dejad el balcón abierto.

Federico García Lorca

¿Quién nos iba a decir que íbamos a acabar así tú y yo, María?

Ya se han ido todos, aunque mañana vendrán a primera hora a tu entierro, antes de volver a sus rutinas en la gran ciudad. He mirado el tiempo y casi seguro que lloverá. Ironías de la vida, con lo que te gustaba a ti cerrar los ojos ante la lluvia e irte calando poco a poco, como agua en la campiña, extendiendo las palmas de las manos.

Sabes, me llama la atención la diferencia entre los velatorios de ahora y los de antes. ¿Te acuerdas de cómo eran en el valle? No faltaba chocolate, bizcochos ni tortas. Y mira ahora, no han traído más que prisas y mal humor. Eran otros tiempos, y después venían lutos de hasta dos años, pasando del riguroso al aliviado y permitiéndose algún cuello blanco. Luego el medioluto, con las medias color torcaza y telas con motivos en blanco sobre negro.

¿Y qué me dices de Eva? Decían de ella que era la mejor plañidera. Cincuenta pesetas llegaron a pagarle una vez que lo bordó, cuando tu tía Encarni. A ti siempre te gustó jugar con las palabras, y mientras mirabas a esa pléyade de mujeres junto al féretro, me guiñaste un ojo y me dijiste que preferías la constelación de idéntico nombre. En aquel  momento mi recuerdo voló dos meses atrás,  al final de aquel verano, cuando pasamos varios días en Gredos durmiendo al raso, con ese mar de estrellas que nos salpicaba a cada golpe de viento.

¿Y aquella otra mañana, cerca de la Laguna Grande? Me tomaste de las manos y me vendaste los ojos con un pañuelo blanco. Empezamos a girar mientras sentía cambiar la intensidad de la luz incidiendo en mi retina. Yo recuerdo ese día como vivido dentro de otra piel, desdoblado[1]. Desde entonces, yo sólo quería que me llevaras a bailar. Y en ese momento era feliz, pero no lo aceptaba. La felicidad termina en el momento en que empieza a manifestarse [2] , te decía, viendo cómo se me escapaban entre los dedos aquellos instantes fugaces.

Tú no estabas de acuerdo con mis argumentos y al final discutíamos. Siempre acababa pidiéndote perdón y añadiendo que no puedes aspirar a cambiar a las personas adultas. Si acaso, a que no lo hagan a peor. Y tú contestabas: Los hombres se hacen; las montañas están hechas ya.[3]

Por entonces vivías en Guisando, en un valle mágico arropado por la montaña. Yo llegaba en un autobús de línea hasta Arenas de San Pedro y andaba dos horas para verte, remontando el río Pelayos. Tu pueblo parecía flotar en lo alto, con las nubes echándole el aliento. Pero era yo el que flotaba cuando salías a buscarme y a contarme lo que habías hecho en las semanas que no nos habíamos visto. Me moría de envidia oyéndote hablar de tu vida en el campo. Sabías trabajar con maestría las huertas, te defendías con la pesca y no te temblaba el pulso los días que tu padre te pedía que le acompañaras a cazar. Andábamos entre castaños y yo, viendo tu interés por todo lo que escondía aquel bosque, me sentía un príncipe destronado.

Te despedías con un largo abrazo, y la sonrisa en el rostro me duraba hasta que regresaba a Madrid y escuchaba de nuevo el piar de los semáforos. Entonces se me caía el mundo encima y te escribía cartas, muchas de las cuales nunca llegué a echar al buzón. Un día mi compañero de piso me pidió que te definiera. Una mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir [4], le dije.

¿Qué pasó después? Hay cosas que la voluntad humana no es capaz de controlar [5]. Digamos que no fui capaz de llevar el peso de los días que vinieron a continuación. La vida era una sala de espera[6] y no supe aguardar mi turno.

En fin María, morir no es malo para el que muere [7], es peor para los que se quedan. Siempre pensé que me sobrevivirías muchos años y aquí estoy. Me vienen flashes del último día que nos vimos y de aquellos besos con urgencia la madrugada de un catorce de septiembre. Han pasado treinta y cinco años, media vida, y no quería irme sin compartir contigo estas reflexiones. Perdona, siento haberte fallado. Y ahora sí, creo que con que esto yo ya estoy. Mira, estás de suerte, parece que va a llover.


[1] Señora de rojo sobre fondo gris. Miguel Delibes.

[2] Señora de rojo sobre fondo gris. Miguel Delibes.

[3] El camino. Miguel Delibes.

[4] Señora de rojo sobre fondo gris. Miguel Delibes.

[5] El camino. Miguel Delibes.

[6] La hoja roja. Miguel Delibes.

[7] La sombra del ciprés es alargada. Miguel Delibes.

#historiasrurales

Tiempos modernos

No tenía mucha esperanza en que alguien se apuntara al viaje relámpago que había publicado en BlaBlaCar el jueves por la noche. Quería salir temprano al día siguiente de Madrid a Almazán, para asistir al entierro del padre de un buen amigo.

Para mi sorpresa, escasos diez minutos después de subirlo me llegó un mensaje de la aplicación diciendo que una tal Jacinta se apuntaba. Por el nombre, deduje que muy joven no debería ser. Me picó la curiosidad y entré a ver su perfil.

Jacinta G., 86 años. Y la foto de una mujer mayor en mitad del campo. Me quedé ojiplático y recelé al principio. Imaginé un trayecto complicado, con varias paradas para ir al servicio, lamentos y quejidos varios y una conversación inexistente o forzada. Pero a mi precaria economía le venía bien para cubrir los gastos de gasolina y rápidamente acepté su solicitud.

Así que el viernes a las siete de la mañana llegué puntual a la gasolinera en la que nos habíamos citado. A Jacinta le acompañaba la que debía ser su nieta al punto de encuentro. Tras los preceptivos saludos y un rápido intercambio de palabras para comprobar que yo no era ningún psicópata, se despidió de su abuela.

Los primeros diez minutos en el coche fueron un poco incómodos. Un silencio que se podía cortar, hasta que rompí el hielo y le pregunté si quería escuchar música en la radio.

—Pon “Camino Soria”—dijo sonriendo.

Y a partir de ahí Jacinta se soltó y me contó que en verdad iba a Maján, su pueblo, un pequeño núcleo de quince habitantes ubicado a escasos treinta kilómetros de Almazán.

—Pronto serán catorce —añadió—.Manolo está muy mal el pobre. Ciento dos años gasta, casi nada.

Ella parecía añorar tiempos lejanos, cuando eran casi cuatrocientas personas viviendo en Maján, en los años cincuenta. Allí llegó a haber una fonda, un hotel y una fábrica de harinas. Me explicó que los que tenían dinero se dedicaron a la industria de la madera, pues el pino de la zona es muy bueno. Y con cierta tristeza añadió que poco a poco la gente se fue marchando. Los jóvenes por falta de oportunidades laborales. Las familias porque el colegio cada vez tenía menos alumnos y pasaron a escolarizar a los niños en Almazán o en Gómara. Y otros muchos por las dificultades para moverse o por la deficiencia de la sanidad, que paliaban como mejor podían los médicos rurales.

Aunque me dio algunas razones para la esperanza. Hacía dos años que habían instalado un huerto solar en el pueblo y varias casas rurales por la zona. Con la mejora de las telecomunicaciones, ya había jóvenes que habían rehabilitado casas en pueblos cercanos y que teletrabajaban desde allí, huyendo de la vorágine y el tráfico de las ciudades. También me dijo que seguían sin un autobús de línea, pero que ella gracias a las aplicaciones para compartir viaje podía visitar a su familia de Madrid con relativa frecuencia. Con una sonrisa picarona, añadió que las nuevas tecnologías daban mucho juego.

Eran las nueve y media de la mañana cuando estábamos llegando a Almazán. Le pregunté cómo iba a llegar a Maján y ella me respondió que se tomaría un café para hacer tiempo. Juan, un antiguo vecino que recorre la zona con una furgoneta vendiendo pan, la recogería a las once horas y la llevaría allí. Yo tenía tiempo de sobra hasta las doce, hora del entierro, así es que me ofrecí a hacer el trayecto a su pueblo. Ella me lo agradeció con una enternecedora sonrisa, mientras mandaba un mensaje con su móvil a Juan para que no esperara en balde.

Tras atravesar una sinuosa carretera, llegamos a Maján.

Los muros de piedra de su casa, con un coqueto tejado de pizarra ya anticipaban lo acogedor del interior. Abrió una puerta de madera con clavos y herrajes y al instante me embriagó una mezcla de olores a leña, pan y guiso. Al ver las vigas, arcones y aperos de labranza, me pareció viajar en el tiempo. Jacinta se ofreció a preparar un café rápido y me presentó a Matilde, su hermana, con la que convivía desde que ambas enviudaron. Las dos eran igual de dicharacheras.

—Por cierto, joven, ¿no usarás tú también esta otra aplicación? Me aparecen tres corazones y no sé bien cómo se responde.

Me enseñó su móvil y, ojiplático, pude ver en Tinder el siguiente perfil: Matilde G., 84 años. Y la foto de una mujer bailando.

#historiasrurales