Tiempos modernos

No tenía mucha esperanza en que alguien se apuntara al viaje relámpago que había publicado en BlaBlaCar el jueves por la noche. Quería salir temprano al día siguiente de Madrid a Almazán, para asistir al entierro del padre de un buen amigo.

Para mi sorpresa, escasos diez minutos después de subirlo me llegó un mensaje de la aplicación diciendo que una tal Jacinta se apuntaba. Por el nombre, deduje que muy joven no debería ser. Me picó la curiosidad y entré a ver su perfil.

Jacinta G., 86 años. Y la foto de una mujer mayor en mitad del campo. Me quedé ojiplático y recelé al principio. Imaginé un trayecto complicado, con varias paradas para ir al servicio, lamentos y quejidos varios y una conversación inexistente o forzada. Pero a mi precaria economía le venía bien para cubrir los gastos de gasolina y rápidamente acepté su solicitud.

Así que el viernes a las siete de la mañana llegué puntual a la gasolinera en la que nos habíamos citado. A Jacinta le acompañaba la que debía ser su nieta al punto de encuentro. Tras los preceptivos saludos y un rápido intercambio de palabras para comprobar que yo no era ningún psicópata, se despidió de su abuela.

Los primeros diez minutos en el coche fueron un poco incómodos. Un silencio que se podía cortar, hasta que rompí el hielo y le pregunté si quería escuchar música en la radio.

—Pon “Camino Soria”—dijo sonriendo.

Y a partir de ahí Jacinta se soltó y me contó que en verdad iba a Maján, su pueblo, un pequeño núcleo de quince habitantes ubicado a escasos treinta kilómetros de Almazán.

—Pronto serán catorce —añadió—.Manolo está muy mal el pobre. Ciento dos años gasta, casi nada.

Ella parecía añorar tiempos lejanos, cuando eran casi cuatrocientas personas viviendo en Maján, en los años cincuenta. Allí llegó a haber una fonda, un hotel y una fábrica de harinas. Me explicó que los que tenían dinero se dedicaron a la industria de la madera, pues el pino de la zona es muy bueno. Y con cierta tristeza añadió que poco a poco la gente se fue marchando. Los jóvenes por falta de oportunidades laborales. Las familias porque el colegio cada vez tenía menos alumnos y pasaron a escolarizar a los niños en Almazán o en Gómara. Y otros muchos por las dificultades para moverse o por la deficiencia de la sanidad, que paliaban como mejor podían los médicos rurales.

Aunque me dio algunas razones para la esperanza. Hacía dos años que habían instalado un huerto solar en el pueblo y varias casas rurales por la zona. Con la mejora de las telecomunicaciones, ya había jóvenes que habían rehabilitado casas en pueblos cercanos y que teletrabajaban desde allí, huyendo de la vorágine y el tráfico de las ciudades. También me dijo que seguían sin un autobús de línea, pero que ella gracias a las aplicaciones para compartir viaje podía visitar a su familia de Madrid con relativa frecuencia. Con una sonrisa picarona, añadió que las nuevas tecnologías daban mucho juego.

Eran las nueve y media de la mañana cuando estábamos llegando a Almazán. Le pregunté cómo iba a llegar a Maján y ella me respondió que se tomaría un café para hacer tiempo. Juan, un antiguo vecino que recorre la zona con una furgoneta vendiendo pan, la recogería a las once horas y la llevaría allí. Yo tenía tiempo de sobra hasta las doce, hora del entierro, así es que me ofrecí a hacer el trayecto a su pueblo. Ella me lo agradeció con una enternecedora sonrisa, mientras mandaba un mensaje con su móvil a Juan para que no esperara en balde.

Tras atravesar una sinuosa carretera, llegamos a Maján.

Los muros de piedra de su casa, con un coqueto tejado de pizarra ya anticipaban lo acogedor del interior. Abrió una puerta de madera con clavos y herrajes y al instante me embriagó una mezcla de olores a leña, pan y guiso. Al ver las vigas, arcones y aperos de labranza, me pareció viajar en el tiempo. Jacinta se ofreció a preparar un café rápido y me presentó a Matilde, su hermana, con la que convivía desde que ambas enviudaron. Las dos eran igual de dicharacheras.

—Por cierto, joven, ¿no usarás tú también esta otra aplicación? Me aparecen tres corazones y no sé bien cómo se responde.

Me enseñó su móvil y, ojiplático, pude ver en Tinder el siguiente perfil: Matilde G., 84 años. Y la foto de una mujer bailando.

#historiasrurales

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