Esta guerra pide paz

Tardamos diez minutos en darnos los teléfonos, treinta en un primer beso y unas horas en amanecer juntos.

Es el mejor regalo que me han hecho nunca por mi santo, dijiste varias veces durante aquella noche de San Juan que, paradójicamente, fue la más larga de un verano que prometía ser eterno.

Mensajes de buenos días, canciones dedicadas a todas horas, tú esperándome a la salida del trabajo, yo sorprendiéndote al mediodía en el tuyo.

Un fin de semana improvisado en Oporto. Cinco días de ruta por Pirineos. Te fuiste dos semanas a ver a tus padres a la playa y yo también aproveché para huir de la ciudad.

A la vuelta, de nuevo dos imanes evitando darse la espalda. Sierra, piscinas, terrazas…exprimimos cada día como si fuera el último.

Pero la primera semana de septiembre se hicieron polvo las hadas. Mi familia regresó del pueblo y tuve que confesarte todo.

A modo de despedida, te pedí un abrazo y me lo negaste.

Esa misma noche me volví a dar de alta en la aplicación de citas en la que te había conocido. Unas veces se gana y otras se aprende, pensé, mientras me registraba con el nombre de “Judas”.

#elveranodemivida

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