LA CUMBRE

Esta historia comenzó poco antes del puente de diciembre. Lo tenía todo preparado para ir a esquiar, pero mis planes se vieron truncados al encender la televisión. Aquella noche, un conocido presentador abrió el telediario dando unos datos que calificó de terribles, apocalípticos y espeluznantes. Comenzó diciendo que, según la serie histórica, había que remontarse sesenta y dos años atrás para encontrar unas nieves más tardías en la zona de Pirineos. No había más que una estación de esquí abierta y todo indicaba que iba a estar colapsada. Mi gozo en un pozo, pensé, mientras le escuchaba hablar a continuación de la cumbre del clima que estaba teniendo lugar en Madrid y que se extendería hasta el trece de diciembre. Tenía un nombre que me llamó la atención, “COP 25”.

En ese momento algo se encendió en mi interior, a la vez que se me caía la baba viendo las imágenes de las delegaciones venidas de las partes más recónditas del planeta. Algunos de ellos iban ataviados con sus trajes típicos y se veía que llegaban aquí con ganas de disfrutar y pasarlo bien.

Chafado mi plan inicial en la nieve, me propuse conquistar a algún foráneo. Para ello, me descargué todas las aplicaciones de ligoteo habidas y por haber, con el objetivo de adentrarme en el maravilloso mundo de los congresos y el típico “Lo que pasa en Madrid se queda en Madrid”. A ver, yo soy del barrio de Chamberí, de toda la vida. Y para mí, cruzar al otro lado de la M-40 también es viajar. Otros ritmos, otras culturas. El extrarradio, ya se sabe.

Rápidamente, reservé durante el tiempo que quedaba de la cumbre una habitación de hotel cercana al recinto ferial. A precio de caviar de beluga, eso sí.

A pesar de que la geolocalización de las aplicaciones me permitía detectar a los más cercanos, no tuve mucho éxito al principio. Aquel macizo australiano ignoró todos y cada uno de los mensajes que le envié. Y mira que fui al grano. El guapo hawaiano perdió el interés tras tres crípticos mensajes y mi nivel de inglés no dio para concretar nada con un forzudo sueco.

Con el desánimo en el cuerpo, decidí cambiar la táctica y se produjo un inesperado giro de guion. De pronto, sin mover yo ficha, empezaron a interesarse por mí tíos llegados de medio mundo. Y descubrí que la vida está llena de incongruencia e hipocresía. A los más acérrimos defensores del medio ambiente no parecía preocuparles el calentamiento global que empezó a afectar a mi cuerpo y me hizo cambiar las pilas de litio de mi pulsera de actividad. Tampoco les importó lo más mínimo tirar a la basura unos cuantos envoltorios plásticos que no iban a poder ser reciclados. O pasar juntos diez minutos bajo una ducha de agua caliente dando rienda suelta a la pasión. Eso el que no llenó la bañera. Por no mencionar lo de obligar al servicio de habitaciones a cambiar todos los días las sabanas arrugadas o utilizar sin reparo lubricantes derivados del petróleo.

Sin duda, fue un acierto cambiar de nick y pasar de llamarme “Paco” a “Greta”.

#COP25

 

 

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