Día de perros

Siempre he deseado tener perros en casa y así acordarme todos los días de mi infancia en el pueblo, rodeado de cachorros. Pero la realidad es que cuidar a una mascota es incompatible con la vida que llevo. Poca gente sabe lo dura que puede llegar a ser la vida de un comercial.

Todo el día en el coche, para arriba y para abajo, invitando a comer a gente con la que no te tomarías una mísera caña. Pero con la esperanza de aumentar tus ventas, todo vale.

Una tarde de verano hice la cuenta. En lo que llevaba de año, había conducido durante 30.000 kilómetros. De ellos 29.400 yo sólo en el coche. Los 600 que completan la cuenta fueron volviendo de Santiago de Compostela a Madrid. A la salida de la capital de Galicia, de camino a la autovía había dos peregrinas con pinta de nórdicas haciendo auto-stop con un cartel que decía “Madrid”. Y claro, con lo que llueve en Galicia yo pensé “pobrecitas”, y les hice un hueco.

A ver, aquella mañana de Julio hacía un sol radiante, pero ya se sabe, con aquello del cambio climático, puede ponerse a tronar en cuestión de minutos.

Y la verdad es que el viaje se me hizo muy ameno. Yo el sueco no lo hablo, pero lo entiendo. O hago que lo entiendo, y a todo les decía ”Ja, ja”, que traducido es “Sí, sí”. Esto lo aprendí del gran Alfredo Landa. El caso es que se me hizo tan ameno el viaje, que decidí darme de alta en una aplicación de compartir coche.

Y no os imagináis la cantidad de puertas que se me abrieron. Ya nada volvió a ser lo mismo. Conocí a un montón de gente anodina o interesante, con vidas mediocres o apasionantes, que no abrían la boca en todo el trayecto o que no paraban de hablar. El clímax llegó cuando conocí a Patxi, un criador de perros que viajaba a Madrid para coger un avión y asistir de jurado a un certamen mundial de esta disciplina. Me contó que muchas veces presentaba a sus canes a estos concursos, lo que le obligaba a hacer un montón de kilómetros, dado que es muy complicado y estresante para los animales transportarlos con una compañía de mensajería. Y le dije que yo hacía el trayecto Pamplona-Madrid todos los viernes, por si le interesaba, pues me había dicho que los perros viajaban en un transportín y no daban ningún problema.

Así es que probé un día. Y oye, era cierto. Los perros no dijeron “esta boca es mía” en todo el viaje.

Poco a poco fui ganando confianza y amistad con el criador, y me iba enterando de más cosas. Por lo que me contó, los cachorros se vendían a más de mil euros, y los premios en estos concursos podían llegar a más tres mil.

Así es que, al igual que el Dioni, lo vi claro y planifiqué mi particular atraco al furgón blindado.

Uno de las veces, me dijo que me pasara por su finca a recoger a dos de sus hembras y a tres cachorros y entregárselos a él en Madrid. La ocasión la pintan calva, así que decidí quedarme con todos ellos.

Al principio, Patxi pensó que había pillado el típico atasco de entrada a la capital, pero según pasaban las horas se puso más nervioso y empezó a llamarme al móvil a cada rato. Y tuve que contarle mi plan maquiavélico.

Y yo ya me he hecho amigo de los animales, hemos congeniado y estos días me estoy dedicando a enseñarles rincones nuevos por la sierra de Madrid. Me ha ofrecido seis mil euros si le devuelvo toda la jauría, pero yo no tengo ninguna prisa. Estos perros son como los bitcoins, se revalorizan con el tiempo.

Esta mañana tenía un whatsapp de Patxi. Estaba desesperado y elevaba la oferta a diez mil euros. Ya me va gustando más la cifra. Al final va a resultar que está bien tener perros en casa.

#historiasdeanimales

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