LA AMONA

Una docena de coches de la Ertzaintza, tres ambulancias, otros tantos de la funeraria y cientos de metros de cinta balizando el perímetro hacían presagiar que nada bueno había podido ocurrir en aquel caserío. Media hora antes, me encontraba paseando por la playa de Sopelana cuando recibí una llamada y tuve que salir corriendo hacia allí.

Una señora de unos ochenta años y enormes gafas de culo de vaso gesticulaba de manera ostensible, e intentaba, en vano, explicarse a los agentes que le tomaban declaración.

-“Egun on”, saludé, dirigiéndome a quién intentaba poner algo de orden en aquel caos. “Soy el comisario Irízar, ¿está usted al mando?” .

-“Sí, soy el oficial Zugasti. Le comento lo que sabemos. Una familia muerta, al completo. 4 hermanos con sus parejas e hijos. 15 en total. Sólo ha sobrevivido la amona, que se había ido a potear con las compañeras de bolillos, y al volver se ha encontrado el percal y nos ha llamado”.

-“Entiendo ¿Algún móvil para el crimen? ¿Robo o ajuste de cuentas? Tengo entendido que por aquí ha habido serios problemas con la droga, dado el alto nivel adquisitivo de los jóvenes gracias a la pujante industria de la zona”.

-“No, no ha sido muerte violenta. Estamos pendientes de las autopsias, pero tampoco parece que pueda deberse, cómo es habitual en estas fechas, a la mala combustión de una estufa. Y hoy desde luego, con viento sur, hace día de playa y no la han puesto, no hay restos en la chimenea”.

Qué me vas a contar, con lo a gusto que estaba yo en la playa, pensé para mis adentros.

-“Ya, ¿y quizás algún problema de herencias, tierras, lindes?, ya sabes, lo típico de los pueblos…”.

-“No descartamos nada por el momento, pero, por lo que sabemos, se trata de una familia modélica que no ha dado nunca problemas”.

-“Eskerrik asko, voy a pasar a echar un vistazo”.

Dentro del caserío, el panorama era apocalíptico, con los cuerpos sin vida aquella familia en torno a la mesa enorme que presidía el salón. Esa mesa me hipnotizó. Se trataba de un tronco de roble cortado por la mitad que recorría toda la estructura de punta a punta. La parte cortada se exhibía a través del cristal que servía de soporte para los platos y los paneles laterales eran de acero. Pasé la mano con delicadeza sobre aquella mesa y cerré un instante los ojos para concentrarme en el sentido del tacto. A tenor de cómo me miraron todos los allí presentes (los vivos, quiero decir), mi gesto debió parecer bastante frívolo.

Mientras la gente del laboratorio se afanaba en tomar huellas y esperábamos la llegada del juez, me dirigí hacia la escalera que subía a la planta superior dónde se encontraban los dormitorios. Cuando estaba seguro de que nadie podía oírme, descolgué el teléfono y llamé a mi confidente de los bajos fondos de Vizcaya.

-“Jon, cuánto tiempo, si me llamas un sábado a estas horas supongo que será por algo gordo. ¿La familia del caserío, quizás?”.

-“¿Cómo lo sabes?”. No se me ocurrió otra cosa que decir, me había dejado a cuadros.

-“Tío, deberíais impedir a la gente entrar en esos sitios con los móviles. Hay un par de ellos que ya han hecho circular unas cuántas fotos por internet, y en una de hace un par de minutos sales tú con los ojos cerrados apoyando la mano en una mesa, me parto”.

-“Kabenzotz, ¿Qué leches dices?. Bueno, al grano, ¿Sabes algo de esta gente?.

-“Uno ya es perro viejo, y cómo intuía que me ibas a llamar, he comenzado mis pesquisas. Parece que Koldo, el marido de la hermana mayor, no era trigo limpio. Había estado metido en un negocio de compra-venta de coches robados que había salido rana, y me dicen que alguien de una mafia extranjera había puesto precio a su cabeza. Pero de ahí a cargarse a toda la familia, creo que media un abismo. Además, ya me han soplado que ni casquillos de bala, ni sangre ni nada de nada”.

-“Efectivamente, es algo un poco raro. Averigua todo lo que puedas de ese pájaro, y llámame con cualquier dato, a la hora que sea. Y diles a tus amigos que al próximo que difunda una foto, se le cae el pelo. La investigación está bajo secreto de sumario”.

-“Díselo tú, que estás más cerca”.

-“Ehhh, lo dicho, llámame con lo que sepas”. Qué capullo. Él sabía mejor que nadie que mi carrera en el cuerpo se había visto truncada muchas veces por mis escasas dotes de mando y mi deseo de agradar a todo el mundo, lo que me hacía evitar cualquier tipo de conflicto, a la vez que me condenaba a ser un eterno mando intermedio. Hasta que llegó la desarticulación de aquel comando de traficantes gracias a mi investigación. La hostia, fui portada de “El Correo”. Y me promocionaron, ya lo creo.

En ello pensaba mientras cotilleaba en todas las habitaciones. Hasta que entré en lo que debía ser el cuarto de una de las nietas adolescentes. Fotos pegadas por todos los lados, con amigas de fiesta, viaje de fin de curso, vacaciones en Londres… Abrí los cajones de una mesilla y, entre pilas usadas y cargadores de móvil obsoletos, encontré un diario que empecé a hojear.

Pronto llegué a la última página que estaba escrita. Decía lo siguiente: “La amona cada vez está peor de la vista, y me da que no va a tardar mucho en quedarse ciega la pobre. Hoy ha echado sal en el goxua y ayer las alubias no había quién las comiera de lo salado que estaban. Cualquier día se equivoca y nos echa matarratas en la comida”.

Miré el reloj. Aún estaba a tiempo de aprovechar la tarde en Sopelana.

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