Noche de Reyes

-“Papá, ¿qué significa drag?.

-“Ehhh, en inglés es arrastrar, ¿Por?”.

-“Es que han dicho en el Telediario que esta tarde en la cabalgata de Reyes va a haber una drag queen y que se ha armado mucho revuelo. Queen lo hemos visto en clase y es reina, pero no entiendo lo de drag”.

-“Ah, se trata de un artista que es hombre pero actúa vestido de mujer”.

-“¿Pero luego vuelve a ser hombre?”.

-“Sí, claro, por decirlo de alguna manera, es reversible”.

-“Papá, ¿qué significa reversible?”.

-“Ehhh, digamos que algo es reversible cuando puedes darle la vuelta y vuelve a su posición original”.

-“Entendido, gracias”.

No dejaba de sorprenderme la curiosidad innata de Carlitos, y eso que ya había cumplido nueve años. Parecía que estaba a sus cosas, pero siempre tenía la antena puesta cazando las conversaciones de los adultos y así aprendiendo palabras nuevas.

A las seis en punto de la tarde ya estábamos apostados para ver pasar la comitiva. Había menos gente que otros años y es que el frío y la intensa lluvia invitaban más a quedarse en casa junto a la chimenea. Este año, debido a los tristes antecedentes, había un cordón de vigilantes junto a los camiones que tiraban de las carrozas, para evitar que algún niño se metiera debajo en busca de caramelos. Aun así nos llevamos un pequeño botín en forma de caramelos con publicidad de un banco, globos de alguna aseguradora, un pequeño balón de goma del equipo de baloncesto local y un sinfín de propaganda subliminal de diversas marcas. Pero Carlitos se quejaba de que con tanta seguridad aquello parecía más bien un partido de fútbol, y que no había podido coger todos los caramelos que quería. Protestó por las maneras de otros niños y de algunos mayores. Incluso llegó a acusar a una pareja de abuelos de haber disputado con él algún caramelo caído en el suelo mojado como si de un balón dividido se tratara.

Pasadas las ocho llegamos a casa, empapados. Urgí a mi hijo para que se cambiara de ropa. A los dos minutos vino al salón y dijo:

-“Papá, mamá, quiero cambiar mi carta a los Reyes Magos. ¿Estoy todavía a tiempo?”.

Miré a los ojos a mi mujer. Era tarde, pero aún quedaba algún comercio abierto. Incluso alguna web de compras on-line garantizaba la entrega de sus pedidos antes de las doce de la noche. Tragué saliva y solo acerté a decir:

-“Bueno, yo creo que los Reyes ya están de camino e igual no es fácil para ellos”.

-“Papá, es algo barato, no creo que llegue a los cinco euros”.

-“Si no es eso, es que si echamos la carta al buzón de correos, no les llegará hasta dentro de unos días, y aunque la recibieran al instante, no sé si podrán ya cargar ese juguete en sus camellos y…”.

-“No es un juguete, ocupa poco. Bueno, yo dejo mi carta junto al árbol de navidad y si puede ser, pues ya está”.

Así hizo. Aproveché un momento de descuido y abrí la carta. Decía: “Queridos Reyes Magos, os pido perdón por este cambio de última hora, pero lo que de verdad me hace ilusión es un paraguas reversible”.

 

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