Síndrome postvacacional

“Todos los años, por estas fechas, me hago las mismas reflexiones. Me encanta el verano. Se trata, sin ningún género de dudas, de mi estación favorita.  Una vez acabadas las clases, corregidos y revisados los exámenes, no veo el momento de cerrar las actas de calificación y volver a las terrazas a disfrutar. O a contemplar las hogueras en la noche de San Juan. Retomar la costumbre de dormir desnudo y con las ventanas abiertas, desafiando a ese ejército de mosquitos que se empeña en hacer maniobras en las aguas jurisdiccionales de mi dormitorio.

Un año más, reclama su sitio en los bares el tinto de verano. Y ya no hay liga de fútbol, pero sí Tour de Francia, con su innegociable siesta. O Wimbledon, con el incombustible Rafa y su grito de guerra a modo de mantra ¡Vamos!. Despacito y casi de puntillas, se nos ha vuelto a colar hasta la cocina la canción del verano y ya no hay quien se la saque de la cabeza. Habrá que aprender a bailarla, por si acaso.

Poder, por fin, coger vacaciones. Primero, las fiestas de mi pueblo, el reencuentro con la cuadrilla, las peñas,  y el chupinazo. Y, acto seguido, lo que toca es viajar. Hacer la maleta, y conseguir, este año sí, cerrarla a la primera. Por fin, playa y chiringuitos. Plantar la sombrilla y jugar a las palas o construir castillos. No conseguir mesa en ningún restaurante. O conseguirla pero no encontrar a quien te tome la comanda.  Y sin quererlo, acabar cómo cualquier guiri, tomando paella, sangría y un almendrado.

Y, a los pocos días, cambiar de registro y subir a Pirineos, con parada intermedia en un festival de música. Para después  acabar rompiendo la  hucha y estirando los ahorros una semana más, esta vez en Galicia, de festa en festa, desde la exaltación del percebe hasta La Peregrina.

Y esos amoríos, que pretenden ser eternos y acaban siendo más fugaces que las Perseidas. Arrancan con fuerza, pero son más que unos cubitos de hielo que se terminan fundiendo y diluyendo, cómo un azucarillo. Ay, los amores de verano. Facebook para contarlos, Twitter para pregonarlos e Instagram para plasmarlos . Y menos mal que yo paso de Whatsapp (soy más de Tinder). Ya no llegan postales pero sí un número inmanejable de mensajes de todos aquellos que pregonan a los cuatro vientos lo que hacen y dónde están. Suelen ser los mismos que luego se quejan del Big Data y la protección de la privacidad.

Pero, de repente, llega  esa noche en la que todos sacan las rebecas y los jerseys, precedida de una tormenta de verano que trae más granizo que lluvia. Antes de que  lo que creías, empieza la Vuelta a España. Y llega el momento en el que vas a sacar la basura y te das cuenta de que anochece cada día antes. Ufano, te autoengañas una vez más y afirmas que es por eso por lo que te cunden cada vez menos los días.

Y al día siguiente te levantas y al mirarte al espejo te ves más moreno, sí, pero también más ajado. Y aún resuenan en tu cabeza los ecos de la operación bikini, pero en verdad lo que está empezando es la operación retorno. Ccómo no, el atasco nuestro de cada año, estamos todos de vuelta al curro. Y al cole, cómo puntualmente nos recuerda El Corte Inglés. Bueno, en mi caso, se trata de la vuelta a la uni, pero para eso no tienen rebajas.

Los mismos trámites y la misma burocracia de todos los años,  preparar horarios, temarios y tratar en vano de encontrar becarios. Y en ese momento te vienen a la cabeza algunos de los posibles desenlaces de Juego de Tronos, pero ves que lo que de verdad toca es dorar la píldora al pelmazo del catedrático. Y al instante siguiente, te cruzas por el pasillo con el insoportable jefe de departamento al que tendrías que matar para poder ocupar su plaza. En defensa propia, por autoestima, alegaría. Y un nuevo rechazo a mi proposición de cenar de esa profesora de electrónica que está enamorada de mí y aún no lo sabe. Pasan los años y  vuelvo a mi despacho, dónde permanecen colgados dos carteles, frente a frente, retándose. El primero, recuerda a Machado y su “Hoy es siempre todavía”. El otro, reza una frase latina “Vulnerant omnes, ultima necat”. Ambas desafían el paso del tiempo, mientras éste se me escurre como arena entre los dedos, y ya es 21 de Septiembre de 2.017.”

-Bueno, señor juez, no hay margen para dudas, es un suicidio.

-¿Por qué dice eso? No lo veo nada claro, se dejó el ordenador encendido y estoy leyendo la última entrada que ha escrito en su blog, esta misma mañana. No es que sea la alegría de la huerta, pero no parece una persona deprimida, ni mucho menos.

-Quizá no lo sepa usted, pero ha aparecido una nota junto a su cadáver.

-No, no lo sabía ¿Qué dice?

-Aprobado general.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s